Se me perdió la tarjeta

20 Abr

Hay días en que nada funciona. El lunes había problemas en ambos baños de la casa, el televisor se echó a perder, no pudimos registrarnos en la policía local (como tiene que hacer cada extranjero cuando se muda, entra o sale del país) porque la funcionaria exigía la propiedad del apartamento, y suspendieron por 15 días el servicio de agua caliente -y vamos que aún está frío el asunto. “Mercurio está retrógrado” me dice Yngrid. En medio de todo el tumulto, descubrimos que desapareció una de nuestras tarjetas bancarias.

Abrir una cuenta bancaria acá fue de los trámites más sencillos que ya vi. Pasaporte, planilla y dinero. Recibes una tarjeta cuyo número grabado corresponde a tu número de cuenta (práctico) y sin más retrasos estás autorizado para retirar o comprar cuanta cosa se te antoje. Hay varios tipos de cuentas y es innecesario recalcar que la simplicidad de este trámite describe sólo una de las variables.

El lunes descubrimos que al perder esa tarjeta el procedimiento es cancelarla, bloquear la cuenta, solicitar un nuevo plástico y esperar una semana por él. Así en una semana no podrá tocar ni un centavo de sus depósitos. Como una semana en freeze no es escenario ideal, el banco sugirió crear una nueva cuenta, transferir el dinero a ella y así obtener una tarjeta en el momento.

En las agencias bancarias difícilmente se ven largas colas, pese a que trabajan entre 9 de la mañana y 5 de la tarde. Más de 22 millones de almas en esta ciudad batallando por cada centímetro de asfalto, acera o metro, pero lo más que ya tuve que esperar en algún momento en el banco fue 16 personas. No da ni para cuatro páginas de un libro, para ser más gráfica. Dicho esto, es comprensible que jamás se vea aquella imagen de multitud acalorada y cansada, sólo gente sentada con número en mano esperando su turno. Las taquillas están diseñadas para que el cliente se siente frente al funcionario y, vidrio por medio, haga su operación. Inteligente el asunto del sillón porque qué necesidad hay de hacer aún más tortuosa la experiencia bancaria manteniéndose de pie por horas? Nunca he visto todas las taquillas funcionando en coro, pero tampoco creo que haya demanda para ello. Otros funcionarios se mantienen en el pasillo de la entrada para captar a los clientes apenas cruzan la puerta y preguntarle “en qué puedo servirle?”. Haciendo uso de un inglés considerable pero útil (al tratarse de extranjeros, claro), resuelven cuanto pueden, y cuánto no, despachan para alguna taquilla.

Más allá de la tranquilidad que genera no pasar cinco horas esperando ser atendido, y contar con funcionarios atentos con el concepto de “servicio” clarísimo en la cabeza, el sistema bancario venezolano -logísticamente hablando- no tiene mucho que envidiar. En Venezuela un trabajador de banco puede decirte que un pasaporte no es un documento válido para un trámite (?) pero no que tienes que esperar una semana para sacar una nueva tarjeta de débito.

Como sea vamos a la agencia que tenemos cerca de casa. Esta vez abrir la nueva cuenta no fue tan sencillo, aunque los requerimientos fueron los mismos, la demora inusitada, y que nuestro pésimo chino nos impidió entender, hizo que el almuerzo ocupara la hora de la merienda, y una merienda tardía. Claves van, claves vienen, firmas, firmas y más firmas, sellos por aquí y acuyá, fotocopias y hasta un pen drive con la información bancaria del cliente para que pueda realizar transacciones electrónicas en la computadora gratuita instalada en el hall de la agencia, completamente en mandarín, claro. Girar dinero de una cuenta a otra tomó una hora. El punto más complejo de la operación fue que ningún empleado de la agencia sabía a cuánto ascendía la comisión por transferir divisas de un número a otro. Dos horas y cinco firmas más tarde, volvíamos a la taquilla para concluir con la apertura de la nueva cuenta y la clausura de la anterior. Una hora más sin entender muy bien de que va el asunto, o para ser específicos, la tardanza.

Como diría Andrés López, el sonido de la libertad suena a sello, es ese pzt pzt pzt que escuchas mientras la funcionaria estampa, casi a modo de epílogo, en cada planilla de la transacción. Cuando finalmente salimos, nos enteramos que el dueño del antiguo apartamento se negaba a reintegrar el depósito entregado un año atrás por aquello que llaman “medalaganismo”. Ya me creo que Mercurio debía estar retrógrado.

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