La normalidad de lo anormal

28 Jun

Hablando de comida unos días atrás, una chef china comentaba que “anormal es aquello con lo que no crecemos”, así para nosotros comer carne perro es una idea grotesca, mientras que la primera vez de un chino frente a un carpaccio no es mucho más digerible.

Los primeros días en China transcurren en una onda de curiosidad extrema aderezada por sorpresas inmediatas. Todo es nuevo, todo es diferente, y sin duda todo va seguido de un “en mi país bla bla bla“. Pero con el paso del tiempo, los edificios dejan de parecer increíblemente altos, las patas de gallina en la sección de snacks no llaman más la atención, la costumbre de los locales escupir en cada cuadra hasta puede pasar desapercibida -con todo y lo sonora que es-, y ese olor, el que yo suelo llamar el olor a China, es tan parte de tu rutina que sin percibirlo ya te impregnó.

Es un exagero decir que se pierde la capacidad de asombro, porque el cielo azul aún es novedad -cuando aparece-, aún no consigo comprender porque es difícil servir agua fría en algunos restaurantes, y cada vez que salgo en la bicicleta insulto, por lo menos, a cinco personas. Mas es innegable que lo que en mi concepción de vida era anormal comienza a volverse cotidiano.

Nos acostumbramos a todo, no es una idea nueva. Historias que al principio habríamos corrido a contar, meses después no llegan ni a anécdotas. La visión del mundo cambia, y aunque uno no lo crea, es fácil terminar achinesándose un poquito – con la licencia poética que espero me dé la Real Academia Española.

Sí, en principio, es una disculpa tácita por no escribir en el blog con la regularidad inaugural, pero luego, es parte de la evolución lógica de cualquier extranjero. La diferencia más notaria en países como China, es que la mayoría de los foráneos -no me gusta mucho el término de expatriados, manías propias- tenemos presente, como recordatorio diario e involuntario, que la experiencia es temporal y que de cualquier manera no hay posibilidades, ni remotas, de ser asimilados en una sociedad en lo que, lo más evidente, es que no pertenecemos.

Pero la experiencia cambia y moldea. Supongo que cuando esté a miles de kilómetros de aquí, encontraré extraño que la lluvia huela a lluvia, que el sol esté presente, que nadie maneje bicicletas con tacones de vértigo, que los peces no estén vivos en la pescadería y que en el estante de los huevos no haya una variedad que coronan los de “mil años” -que por el color, bien parecen, y que hace parecer, a los tradicionales, los de gallina, unos aburridos convencionales.

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