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Crisis de identidad

31 Oct

No tengo recuerdo alguno de fiesta de Halloween en mi infancia. Mi impresión es que la Venezuela de entonces no comulgaba mucho con la fiesta de las calabazas -que para nosotros fueron introducidas como auyamas. Así que a diferencia de cuanto ocurre en estos días, en mi época, las brujas y diablos sólo desandaban en Carnaval.

En la China contemporánea, el Halloween invade cada esquina de Beijing, en especial las esquinas de las caudalosas zonas de bares. Calabazas más o menos, los circuitos nocturnos de la capital se arman con una programación de fin de semana para atraer a vampiros, brujas, diablos y otras fantasías.

Siguiendo la invitación de un par de amigas, opté por ir a la que se autopromocionó como la mejor fiesta de fantasías del año en Pekín. La Yen Fetish Party anunciaba tanta asistencia que las entradas debían comprarse en pre-venta. Como la improvisación venezolana es un caso digno de estudio, llamé para preguntar si podía comprar un tique en la puerta del local. La respuesta no pudo ser más bizarra: sobre la fecha sólo era posible obtener los pases en una taquilla improvisada cerca del local a las 9 de la noche o a la 1 de la mañana. Por qué? supongo que siendo Halloween, los organizadores decidieron disfrazarse de burócratas.

El lugar escogido para el evento fue una galería que forma parte de uno de los complejos más conocidos del distrito de arte 798. La antigua factoría, casi siempre transitada durante el día, se volvió el viernes en la noche un punto de encuentro para enfermeras, sirenas, brujas, policías, vampiros, mariposas, hadas, monstruos y algunos menos elaborados que apenas se colocaron encima unas batas de baño.

La consigna parecía ser “larga vida al glitter“. Una vez más la idiosincrasia criolla se impuso y usé mi precario mandarín para conseguir una entrada vía express, es decir, saltándome la cola. Tras la maravillosa hazaña -que también me evitó morir de congelamiento gracias a los 8 grados de la noche- entramos a la fiesta.

Imaginen un galpón con techos altos y paredes carentes de otro adorno que no fuese pintura blanca. Luces para encandilar y un DJ con monotonía musical. Tridentes sin dueño rodaban por el suelo y hacerse con una cerveza caliente requería grandes cuotas de esfuerzo.

Mi único disfraz era un par de orejitas de fieltro que una amiga me llevó, de forma solidaria, para que no desentonara tanto en la parranda concurrida por la Mujer Maravilla, Hannibal Lecter, algunos zombies, mucamas francesas y Blancanieves.

Mientras pululaba entre pelucas, cuero sintético, coloretes, sombrero y escarcha, un chino se acercó a preguntarme, en perfecto inglés, de qué eran mis orejas. Obvio, le dije que no tenía idea, a lo cual él, tajante y con rostro transfigurado, respondió:

– My dear, I think you suffer an identity crisis. 

Una para el novio

13 Sep

Y con ustedes: El novio bajo luz propia

Aunque las novias siempre son las estrellas del gran día, la producción del outfit de los novios parece estar cobrando importancia en la Pekín contemporánea.

Es usual ver a los novios de traje acompañando las sesiones fotográficas, en esencia, destinadas a resaltar el vestido de su compañera, sin embargo un breve paseo por el distrito de arte de la capital unos días atrás me dejó con la clara impresión de que los chicos también quieren hacerse su espacio en el álbum.

Esta réplica de cabina telefónica londinense es un spot común para quien visita el distrito de arte de Pekín conocido a secas como 798. El lugar es aprovechado por las parejas para armar su sesión fotográfica como recuerdo matrimonial

798

30 May

Una de las calles que atraviesan el complejo industrial

Hay historias que parecen tejidas con una sarta de ironías imprevisibles en la coyuntura. Podría ser el caso del circuito de arte 798 ubicado en el distrito Dashanzi de Pekín. El espacio fue concebido, elegido y construido hace casi 60 años gracias a la cooperación que la entonces Alemania del Este brindó a la naciente República Popular China, bajo claras recomendaciones de la Unión Soviética.

Edificado para atender la demanda de componentes electrónicos del triunfal Ejército de Liberación del Pueblo, el complejo de fábricas operó desde 1957 hasta mediados de la década del 90, cuando el país vivía otra realidad producto de las reformas económicas impulsadas en los años previos.

A partir de entonces el espacio entró en desuso y en la mira de colectivos de artistas plásticos que buscaban nuevos lugares en la ciudad para establecer sus estudios y exposiciones. En el nuevo milenio se consolidó la mudanza y comenzaron a funcionar de forma permanente algunas galerías. Puede pensarse que nada menos chic que una factoría, pero mirando en detalle es poco probable conseguir lugar más apropiado para dar rienda suelta a la vena creativa que esos interiores de sabana cubiertos por altos techos.

Una década es poco, pero en el reloj chino es mucho. Así para la fecha el cuadrado de dos avenidas por cuatro calles se ha consolidado como un sitio de obligada referencia para los fines de semana y como una parada turística contemporánea. Poco a poco se ha ido cubriendo de esculturas y otras marcas, cafés con sus mesas de primavera y verano, así como piezas para la interacción y el registro fotográfico, sin embargo permanece el diseño arquitectónico primario, ese Bauhaus aderezado por tuberías externas que continúan emanando vapores o líquido, el sello industrial que lejos de afear el recinto le imprime un toque nada despreciable si consideramos que hay quien compra muebles nuevos y le aplica técnicas de envejecimiento para “embellecerlo”.

Lleno de tiendas con diseños funcionales y memorabilia de antaño, el 798 es un centro de compras dominguero por excelencia

En la práctica el 798, erigido por y para el momento histórico cuyo apellido no era otro que socialismo, es en la actualidad un centro de compras que ha sido abandonado por algunos artistas al considerar que el asunto ha virado más comercio y menos propuesta. Al tiempo que se consolidaba la referencia, algunos tomaron sus maletas y se lanzaron hacia la villa de Caochangdi, a 30 minutos -sin tránsito y en automóvil- del centro, y hoy, para la capital, sinónimo de arte sin memorabilia.

Las esquinas del 798 son escenarios espontáneos de miles de postales cada día. Aquí la modelo posa junto a un maniquí de una tienda cuyo sello personal es poseer decenas de esqueletos disecados de animales. Qué venden? joyería...

Controversias aparte, el llamado distrito de arte de Pekín sigue siendo un lugar agradable para caminar un rato, sólo enturbiado por la -absurdamente- permitida circulación de vehículos en las calles internas. Es posible ver exposiciones, interactuar con algunas piezas, hasta ver los vagones de un tren como recuerdo de pasados más trabajosos, satisfacer la voracidad consumista y, sin duda, tomarse algo en la terraza del Coffee on the roof, donde la mesa preferencial está abrazada por la espontaneidad de las ramas de un inmenso árbol. Chicas: no vayan en falda que el piso es de vidrio!