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Buscando a Nemo…a ritmo de Queen

21 Oct

Media hora. Es el tiempo aproximado que toma ir caminando de un extremo a otro de playa blanca en Boracay. Este pequeño pedazo de arena y mar abunda en atracciones turísticas más allá del oleaje calmo y los ocasos de acuarela.

Buscando a Nemo

Durante el día, las cristalinas aguas se abren como un vasto campo para admirar cuanta especie acuática viva por la zona. No escasean las escuelas de buceo ofreciendo planes para novatos, aprendices o experimentados. Con estaciones demarcadas en la isla, de acuerdo a las habilidades de cada turista, hay oportunidades para todo mundo, tanto que quien no quiera sumergirse en la experiencia submarina, podrá pertrecharse de un esnórquel y una máscara y flotar en busca de Nemo.

Para hartos temerosos de los dominios de Yemayá -como esta servidora- la oferta contempla un cursillo que bien podría llamarse “buceo for dummies“, que consiste en aprender lo más básico y esencial tal como respirar con el tanque, sacar el agua de la máscara, despresurizar los oídos y la infaltable señal para avisar que “algo no está funcionando bien”, es decir, el “sáquenme de aquí!”.

Observé varias publicidades de escuelas anunciando sus servicios en chino, japonés, coreano, inglés, filipino, alemán y hasta francés, pero, paradójicamente, en la otrora colonia española no alcancé a ver instrucciones en la lengua de Cervantes. Tomé la lección con un chico de Madrid tan experto como yo en el mar y en el inglés, y contra todo pronóstico, captamos el mensaje.

Terminada la amplia clase para cobardes inexpertos, el barco se adentra a la estación tres, justo sobre un coral a no más de diez metros de profundidad. No sé si el mayor logro de la jornada fue caer de espaldas al mar sin sufrir un paro cardíaco o completar la inmersión hasta estar de rodillas en la arena. Pasado el primer cuarto de hora comencé a sentirme flipper, y cómo no, si contaba con un paciente instructor que sólo me soltó para poderme lucir en la respectiva foto.

Al cabo de treinta minutos ya había visto estrellitas de mar y otros animalejitos coleteando sobre el coral, que según voces más experimentadas “estaba medio muerto”. Para esta sirena (nótese la ironía a su máxima expresión) era todo un mundo nuevo de aventuras, tanto que confieso que una de las partes más complejas de la experiencia fue cuando me dieron una galleta para atraer a los pescadillos y engalanar así el escenario para la foto. El problema no fue el cardumen que se me abalanzó -cual pirañas a la caza de carne- sino que con el hambre que, para el momento yo tenía, en lo único que pude pensar fue cuanta frustración me producía que la clase no hubiese incluido el tip de “cómo entrarle a un bocadillo bajo el agua”.

Como les dije, para aquellos con certificado de buceo la semana podía pasarse descubriendo las bondades submarinas, pero para quiénes no podíamos aventurarnos más allá de este coral, los comerciantes -amos y señores de la playa- disponían de paravelismo, velerismo, paseos en lancha por la isla y la clásica banana.

En tierra también era posible distraerse haciendo recorridos en motos o a pie por las montañas. Sin embargo, cuando caía la tarde era fácil concluir que la principal atracción terrestre era conquistar a una chica local, de preferencia una un par de décadas más joven. Para quiénes a esta altura estén pensando que el amor no tiene edad, estamos de acuerdo, mas el turismo sexual sí parece tener: no más de veinticinco.

Una de las postales que me llevé de Boracay fue la de extranjeros bien mayorcitos luciendo su “empate” local que, salvando las diferencias y las demostraciones afectuosas, pasaría por hija. Frases como “yo voy a pagar en efectivo” me dejaron tan impactada como la escena de un abuelito -por la edad, no por la ternura- agarrando el trasero de una muchachita mientras la subía en una mesa para exhibición pública.

Escuché a alguien comentar que los arreglos con estas chicas se hacían con antelación, al punto que las mozas esperaban a sus clientes en el aeropuerto. Verdad o mentira, conforme caían las horas, las imágenes eran más y más bizarras, y además de las “novias” aparentemente prepagadas, desfilaban otras y otros en busca de clientes.

Las noches en la playa terminan disputadas por los bares y discotecas de la zona. A no más de tres metros de la orilla los locales que en el día se distribuyen entre almuerzos y meriendas, con el atardecer comienzan a promocionar sus happy hours y sus espectáculos nocturnos.

…a ritmo de Queen

Sin apuntarme a las rumbas estruendosas repletas de adolescentes y de viejos verdes, eché un ojito involuntario a los artistas locales que animan cada noche con el mismo repertorio a los diferentes turistas. De Bryan Adams a Guns ‘N Roses, cualquier canción de los 80 o 90 que usted logre recordar era entonada en vivo y coreada por la audiencia.

No hay duda de que los más vitoreados eran unos metaleros -al menos en apariencia- llamados “The Boss”. Tan famosos parecen que en Manila pude ver un afiche de unos presuntos imitadores que se presentan como “De Boss”. Con larguísimas melenas, estos chicos iban de Queen a Iron Maiden con una facilidad y un histrionismo admirable.

El descubrimiento sonoro fue el clásico “Pretty Woman” en español y a ritmo de merengue. “Muchachita” rezaba el estribillo. De resto, la influencia anglo era realmente impresionante. No tengo forma de identificar alguna canción local, sólo puedo decirles que musicalmente hablando, cada noche para mí en el bar del hotel era una experiencia retro, no por la antigüedad registrada en la selección del DJ, sino porque el set me evocaba un viaje a mi infancia cuando escuchaba cada sábado a Iván Loscher con su ya legendario “Por todos estos años”.

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Comiendo en tagalo

20 Oct
Aclaratoria: Este post será la excepción de “La vida con palitos”, porque no es la costumbre comer con los chopsticks en Filipinas. Durante esta semana la vida fue con tenedor y cuchara.

La comida más importante del día es el desayuno, eso dice medio mundo y sirve para justificar este tosilog, o colesterol extremo a primera hora del día

Soy una confesa adicta a las hamburguesas y a los perros calientes. Hasta recuerdo con verdadera añoranza el carrito de comida chatarra detrás de la bomba Texaco en Las Mercedes. (Nota del autor: seeeeh ya sé que no es más una Texaco).

Pese a mi básico gusto por la comida, y a ser una maracucha que muy tardíamente probó un chivo en coco, me incluyo en la lista de quiénes piensan que la experiencia del viaje pasa por las papilas gustativas. Así, lo único que me he negado a probar es carne de perro, porque, como bien lo escuché decir a un periodista meses atrás, “perro es amigo y yo no como a los amigos”.

Para Filipinas la guía turística anticipaba huevos cocidos con embrión de pato, entre otras exquisiteces. La primera noche en Manila sólo pude probar una delicia: papas Pringles, de esas ordinarias que conseguimos en cualquier abasto. Tendría que esperar algunas horas para empezar a entrar seriamente en la cocina filipina.

Pero “seriamente” tiene sus variables. Nada de bichos raros. Para flaqueza de este post al haber pasado la mayor parte de los días en un sitio potencialmente turístico, pensado para extranjeros, lo más incomprensible de la comida fue la nomenclatura.

Desayuné a la típica a diario, o casi a diario. El plato clásico del local para las mañanas iba de arroz, huevos fritos, tortilla de maíz, tomatitos y una variante de proteína que era la que determinaba el nombre del manjar: Tosilog (con tocineta), Tapsilog (con carne), Cornsilog (ternera) y Longsilog (con salchichas, o la criolla, con “longaniza”). Mi favorito fue, sin dudas, el tosilog. No hablemos del colesterol, por favor!

Dejando a un lado esta buena manera de comenzar el día, no tuve mayores oportunidades de probar una sazón propia. Al contrario de otros fogones asiáticos, aquí el sabor me terminaba pareciendo muy familiar. Era fácil sentir el peso español en cada oferta, así guisados y paellas no faltaban en ninguna carta.

A pesar de estar en una playa, al tercer día desistí de los pescados. El red snapper, o guachinango, era el rey de los menús, seguido del lapu-lapu. Ninguno le llega ni a las aletas de una catalana o un lebranche. Sólo miré las langostas para lamentar el destino que compartían con cangrejos y camarones. Inmensas, vivas y en cuenta regresiva, con trajes azul-grana que relucían de lejos en las mesas llenas de hielo que les servían de vitrinas.

Siendo el principal exportador de cocos del mundo, no conseguí bocados a base de buko (como se lo conoce en filipino), pero sin falta merengadas, gelatinas y helados que no decepcionaron a la hora de la “merienda”, sí porque los locales toman la “merienda” entre almuerzo y cena, como Dios -o nuestra herencia- manda.

Ya de vuelta a Manila, intenté probar alguna cosilla más local y así terminé con un plato de carne mechada en la mesa. Supongo que era la verdadera definición de “mechada”, porque nunca comí algo más reducido que esta especialidad de la casa. La sensación con cada mordisco era similar a la que experimentamos con el algodón de azúcar: se deshace en al entrar en contacto con la saliva dejando un gusto amelcochado, lo cual no resulta del todo agradable para cenar, así que completada la experiencia, salté hacia unos muslos de pollo fritos que, sin pena ni gloria, cumplieron la misión encomendada: llenar el estómago.

La mejor opción gastronómica de todo el viaje fue un restaurante con poco más de tres décadas en Malate, una zona de Manila que muestra vestigios de tiempos mejores y evidencias claras de decadencia. El Café Adriático, en la calle que le da el nombre, permite degustar de guisados a pastas, pasando por cafés y postres de coco sobre leche de búfalo, resultando, a juicio de esta humildísima opinión, un imperdible de la cocina filipina, o mejor dicho, en Filipinas.

PD: Debo fotos de mi autoría sobre la sección de pescadería del supermercado en Manila. Me sentía tan en casa en esta capital que no me atreví a sacar la cámara fotográfica del hotel. Superando esta falla técnica, les cuento que además de los ya clásicos camarones y langostinos dando sus pataleos de ahogados, o mejor dicho, de comprados; pululaban en las angostas peceras unas, completas desconocidas para mí, mantis de mar. Insertadas en botellas de plástico, no pueden más que dar estrechas vueltas de uno a otro extremo de su encierro hasta que algún cliente las elije como futuro bocadillo. El kilo se vende a casi 100 dólares.

Son introcidas en las botellas por un largo corte que hacen en cada plástico. Aunque no son criadas en las botellas, la imagen no deja de ser impresionante (Foto tomada de http://www.lemonylife.com)

Sí hay vida más allá del Caribe

13 Oct

 

El color del agua no da lugar a dudas de que el Pacífico sí puede ser tan o más paradisíaco que el Caribe

 

No recuerdo la primera vez que vi el mar. Fue el Caribe, eso sí. Confieso con vergüenza que hasta hace nada para mí sólo había un concepto de playa: el aprendido en mis viajes familiares de niñez desde occidente a oriente.

Luego entendí que no en vano medio mundo ha sufrido los embrujos de nuestro país, la costa venezolana no será única, pero como se las trae. Hecho este preámbulo que deja claro mi fervor patrio acuático, procedo a contar que finalmente puse los pies en aguas del Pacífico, y qué aguas!

Filipinas es una nación extraña, y extraña es un adjetivo incapaz de describir tanta complejidad. Siete mil ciento siete islas, ése es el país. Imaginen lo que sufren los niños en la escuela para dibujar su mapa. Algunas islas son tan pequeñas que ni siquiera figuran en la carta. Con una historia llena de conquistas, intentos frustrados de democracia, reconquistas, pugnas internas y nuevos gritos independentistas, la sociedad no puede ser menos que diversa.

Para los venezolanos no sería muy difícil sentirse en casa. Quizás sea el signo de haber compartido la suerte de haber sido colonia española o tal vez producto de las latitudes, pero los rostros, colores y sabores no se hacen tan distantes. También puede resultar una conclusión manipulada por los seis meses previos en Beijing. Mas para quiénes creen que se debe a un intento desesperado de buscar pares en Asia, les cuento que en tres ocasiones me preguntaron si era nativa.

Luego de tres horas de vuelo, una noche en Manila, otros cuarenta y cinco minutos en avión hasta la ciudad de Kalibo, dos horas de autobús en dirección al puerto de Caticlán, finalmente allí tomamos un bote que en cinco minutos nos depositó en nuestro destino: Boracay. Según las guías turísticas esta isla es la joya del archipiélago.

No es fácil decidirse entre tanta diversidad, y las condiciones geográficas alejan aún más las islas. Así que mis días corrieron en la playa blanca de Boracay. De un lado la arena cuyo color da nombre a esta costa, y del otro una calle cruzada por motorizados, transportes ingeniosos y mercado de abastos. Comprenderán que me refugié en la arena. Las aguas cristalinas, calmas y calientes son perfectas para nadadores tan inútiles como yo. Si usted es de esos que no se defiende ni en estilo perrito, encontrará allí un verdadero paraíso. La transparencia es tal que, con el agua al cuello, aún podrá ver los pececitos que intentan alimentarse de sus pies.

Aunque ésta es la temporada de lluvias, la suerte estuvo de nuestro lado y un sol radiante se mantuvo estoico durante toda la jornada espantando nubes negras que sólo pudieron hacer de las suyas un par de madrugadas.

La playa es extensa, distribuida implacablemente entre posadas que se mantienen a metros respetuosos de la orilla que va y viene en función de los cambios de la marea. Resultan insoportables los comerciantes que merodean todo el lugar ofreciendo lentes, Rolex (sí, Rolex!), perlas -de seguro tan falsas como la ética de nuestra administración pública-, sombreros, y toda clase de viajes y promociones turísticas. Pero el detalle es superable si no tiene problemas en repetir 85 veces al día “No, thanks”.

No es ésta temporada alta, pero el tránsito de personas es considerable. Pese a la masa, es prácticamente imposible encontrar una botella o un papel en el suelo. Carteles a lo largo de la playa exponen dos ordenanzas que deben ser cumplidas: prohibido lanzar basura y fumar en la orilla. Sin policías ni vigilancia, se respeta. Una división de bambúes marca el área de mar que es para sentarse, acostarse, leer, tomar sol, beber o jugar. Comer y cualquier otra cosa es hacia el otro lado, aún con la vista en el mar y a escasos metros de él. Esta suerte de frontera me terminó pareciendo una idea perfecta que mantiene en orden el lugar.

Con variadas opciones de alojamiento, los precios rondan entre los 30 y 60 dólares la noche si no se busca lujo excesivo. Después de todo, en semejante escenario, la posada sólo sirve para cambiarse de ropa y dormir.

Las ventas no varían mucho de las que estamos acostumbrados a ver en los parajes costeros. Accesorios, tatuajes temporales y permanentes, comidas y bebidas, recuerdos al estilo “I love Boracay”, equipos para actividades acuáticas, y baratijas inútiles que resultan verdaderas trampas cazabobos.

 

Los paisajes por cobrar que sirven como fondos de postales instantáneas y personalizadas de la isla

 

Las únicas variantes que yo encontré fueron unos castillos de arena y otras figuras gigantescas con las coordenadas de tiempo y espacio que servían de fondo para una instantánea personalizada, y la reiterada oferta de masajes, manicure y pedicura. Perdóneme quien se haya cambiado el esmalte de las uñas a la orilla del mar, pero yo hallé el tratamiento muy bizarro. Los masajes son una constante en Asia, y al parecer no basta para relajarse un rechoncho y brillante sol pintando las nubes de malva en su vertiginoso descenso al horizonte azul. Cada cinco minutos llegará una señora que, casi a ritmo musical, le ofrecerá “body massaaaage”.

– No, thank you

– Maybe you only want a foot massaaaaaage

-No, thank you

-Maybe you’ll want it lateeeeeeeer

-No, thank you

Entre uno y otro intento frustrado, logrará, con Piña colada en mano -a 2 x 1 por el Happy Hour del restaurante de atrás- disfrutar del atardecer que deja en pañales a los ocasos de Barquisimeto, que no en vano es conocida por ser la ciudad de los crepúsculos. Al final del día, con certeza afirmará que sí hay vida más allá del Caribe.

 

El atardecer en la playa blanca de Boracay