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Estándares chinos

8 Jul

Vista de mi conjunto residencial. Lindo lejos, defectuoso cerca. Si pusiera las fotos de los detalles tendría material para una exposición fotográfica. En la esquina inferior derecha se ve un estacionamiento aún por terminar aunque el edificio está plenamente habitado

No es un cuento chino aquella figura de la grúa como pájaro nacional de China, escogida por el periodista argentino Andrés Oppenheimer para hablar sobre la expansión de la industria de la construcción en este país en su libro, justamente titulado, Cuentos Chinos. Lo habrá notado quienquiera que haya pisado alguna de las grandes ciudades del país. Tampoco es mito la rapidez con que los obreros levantan moles de concreto en estas latitudes, y “mole” no es un exagero como adjetivo.

Cantidad y velocidad no están en discusión -aunque algunos digan que la China contemporánea no construye tan rápido como antes-, el asunto está en cualidad. Un edificio de 15 años en Pekín luce como un vejestorio, en realidad no luce, desluce. Una década ya es considerado viejo, y por la apariencia se torna difícil acertar con la edad de cada construcción de la ciudad. Hay quiénes adjudican el rápido deterioro de los edificios a los cambios climáticos de la capital que hacen un viro de -15 grados centígrados a 40, con el paso de las estaciones, pero otros podríamos argumentar que el objetivo debería ser edificar pensando en futuro.

El fenómeno de la construcción es tal que en mi última búsqueda inmobiliaria, me sorprendió que de las cinco primeras opciones a ver, cuatro pertenecían a edificios tan nuevos que los obreros todavía terminaban detalles en el jardín de cada conjunto residencial. La elección final fue un apartamento ubicado en piso 24 -y no es el último, hay cuatro más. En total, el compound tiene tres manzanas, cada una con una docena de edificios. Vivo en la cuadra del medio, cuya construcción finalizó oficialmente con mi llegada, tres meses atrás. Al frente los obreros continúan batiendo mezcla, cargando arena, pegando bloques y puliendo cerámicas, pese a que los camiones de mudanza de los nuevos inquilinos no paran de llegar.

Apenas comencé a vivir en este apartamento no demoré en notar que tenía un buen lejos pero un mal cerca. Paredes agrietadas, losas de cerámica mal puestas, algunas láminas del parqué mal pegadas y marcos de las ventanas mal empotrados eran los detalles iniciales. Con la convivencia aparecieron otras pequeñeces como olor a cloaca en los baños y desagües tapados.

El baño merece un párrafo aparte. No sólo el desague de la ducha tiene serios problemas, sino que el desnivel fue hecho en dirección hacia la puerta y no hacia la salida de agua. De tener una separación para contener el agua, el problema no sería grave, pero debido a esta ligera carencia cada ducha termina convirtiéndose en una piscinada. Antes de llegar al olor a aguas negras -que no desaparece con velas, desodorizantes ni producto alguno- me detengo en la poceta (taza o retrete) que no sólo no está bien sujeta al piso, también es -a juicio del empleado del condominio- “de tan mala calidad que su sistema de bajado no demorará en trancarse a tal punto que el único remedio será cambiarla”. El olor a aguas negras es especial. A esta altura es casi un habitante más de la casa, pero uno taciturno e inconstante: sin anunciarse apareció la primera noche, y aunque nunca más se fue, algunos afortunados días se ausenta por considerables horas.

El asunto se volvió tema de conversación en los encuentros sociales. La sorpresa fue enterarme que mucha gente tiene el mismo problema y que lo aplacan dejando circular muchísima agua por los desagües. Como incautos somos todos alguna vez en la vida, pensé que con la intervención de un albañil el inquilino non-grato podría irse. El hombre optó por el comodín mágico de las reparaciones en China: cinta plástica, sí, tapó los desagües de junto del retrete con cinta plástica y se despidió con una sonrisa triunfal de quien vence obstáculos monumentales con agilidad inesperada. Y es que aquí todas las enfermedades se curan con agua caliente y todos los problemas se arreglan con cinta plástica.

Obvio, no resultó. Comienza a dar lo mismo: en estos tres meses han roto las aceras del jardín cuatro veces por fugas en las tuberías de aguas negras y blancas. Justo en este instante un taladro perfora otro orificio a unos metros del edificio. Los dos que están abiertos y en refacciones son huecos de unos cinco metros de ancho por uno o dos de profundidad. El olor en el jardín es, poco o más, repugnante. Las barandas de la entrada del edificio están bailando y las losas están abiertas. Alguien rompió una de las paredes exteriores -ya recubierta en azulejos- para amarrar una tubería que, a juzgar por la brutalidad de la acción, no estaba en los planes.

La mayoría de las paredes del apartamento son huecas. Cuando colocaban el tubo para la cortina del baño el obrero me advirtió que comprara una cortina ligera, porque una muy pesada podría derrumbar la pared. Esta mañana una de las manijas de los gabinetes de la cocina se quedó en mi mano al abrir. Nunca tenemos invitados pero ya se dañó la ducha y se trancó el lavamanos del baño de visitas. Los recodos del rodapié fueron cayendo uno a uno y es mejor no apoyarse en la baranda del balcón. Igual no hay mucho que ver, sólo grúas y construcciones.

Desde mi balcón sólo es posible ver edificios, construcciones, casas temporales de obreros y grúas. El cielo de hoy está azul, el atardecer está atípico: colorado y sin contaminación

Supersticiones y construcciones

7 Ago

Aunque ya había leído aquello de que el pájaro nacional de China era la grúa de construcción, la imagen que yo me había recreado del país asiático era de pequeñas casas, pagodas coloridas y en callejones abarrotados de transeúntes.

Sin embargo, al llegar a Beijing, durante el trayecto del aeropuerto al hotel mis ojos no pararon de contemplar inmensas moles de concreto que se alzan como en una seguidilla de fichas de dominó.

No es común encontrar edificios bajos en la capital. Mi residencia está ubicada en un predio de una docena de construcciones, cada una con más de 20 pisos. En el mío concretamente, el ascensor marca 25 más tres sótanos. Sin embargo, el conteo chino no es igual al nuestro: No existen pisos con el número 4 en la mayoría de las edificaciones en este lado del globo terráqueo, lo que genera que físicamente una construcción tenga menor cantidad de andares.

Aunque cada propietario determina los pisos en función de sus creencias, el 13, 7 y 6 también son considerados de mala suerte, en tanto que se piensa que el 2 trae buen augurio

Ni 4, 14, 24, nada, la explicación es sencilla: Es un número de mala suerte. Según cuentan acá, la pronunciación del desterrado número (sì) es similar a la de la palabra muerte (sí) por lo que está considerado pavoso, como diríamos en criollito.

Siendo así, tampoco gustan de numerar apartamentos o cuartos de hotel con esta cifra. Los números telefónicos con 4 no sólo son más económicos, sino que de preferencia son vendidos para extranjeros.

Prácticamente no existen apartamentos o cuartos de hotel con el número 4

Por el contrario, el 8 es de gran demanda. A la inversa de cómo ocurre con su mitad, fonéticamente el 8 (bā) se asemeja a la palabra prosperidad (fā), por lo cual se toma como un buen augurio.

Yo creía que en Venezuela éramos supersticiosos, pero aquí las personas pagan precios más altos para obtener líneas telefónicas contentivos de 8, en tanto que conducir un carro con placas de identificación con dos o tres 8 refleja el alto poder adquisitivo del dueño.

Hasta las olimpíadas celebradas en Beijing en 2008 fueron retrasadas para iniciar el 8 del mes 8 (agosto) y así garantizar la buena fortuna. Yo supongo que la suerte me sonrió en Beijing porque mi teléfono termina en 8, y mi morada está en el piso 18 del edificio 8 del condominio.