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Ah, es conmigo

1 Mar

Kekoukele o "sabrosa y divertida", así es la Coca Cola en China

Ya escuché a alguien decir que una de las ventajas de vivir en China es que puedes volver a bautizarte. El asunto va más allá de aquella transformación que muchos sufren al mudarse a un país donde nadie nunca escuchó de ellos. Este completo anonimato es, para algunos, un sinónimo de “volver a nacer” o de “reinvención”. En China, debido a la diferencia fonética y escrita que supone el mandarín, toca, además, “achinesar” la identidad. El mismo proceso funciona, a la inversa, para quiénes han ido a morar en nuestras latitudes.

Este sencillo detalle te traduce para los locales. Aquí nadie se salva, si quieres rodar en la boca de los nacionales, tienes que producirte en mandarín. No es un asunto sencillo. Existen empresas dedicadas a confeccionar identidades chinas para las grandes marcas internacionales que quieren incursionar en este mercado. La clave es juntar los caracteres de forma que el resultado suene parecido a la identidad de pila y que, a la vez, tenga un buen significado para adentrarse en la voluntad de los consumidores. Se habla de Coca-Cola como un ejemplo exitoso: no sólo su traducción suena muy similar sino que además es la bebida “sabrosa y divertida”.

En la vida cotidiana, muchos extranjeros no se complican a más y sólo hacen la traducción fonética, en tanto que otros si juegan un poco más con su nueva identidad. También hay quiénes optan por sustantivos simpáticos como “mariposa”, “flor” o “gato volador”. Yo? no fui de nada. Me quedé tan Paula como siempre fui, y nunca me fue muy necesaria la transformación. Pero nunca hay nuncas y, cuando me inscribí en la Universidad unos días atrás, la funcionaria exigió un nombre en caracteres para completar el trámite. Pedí asemejar el asunto lo más posible sin mucha creatividad y pasé a llamarme “Baola”, que pronunciado de otra forma puede entenderse como “estoy lleno”. Fácil.

El primer día de clases resultó que -por increíble que parezca- otra Paula, venezolana, estaba inscrita en la institución, y la funcionaria sugirió un cambio inmediato de nombre para evitar confusiones. Imposibilitada a hacer algo productivo con mis apellidos, negada a llamarme “conejo” o “árbol bonito” y presionada por la fila de gente que esperaba tras de mi para arreglar otros asuntos, acepté un experimento que intenta -de forma poco exitosa- parecerse a mi segundo nombre.

No sólo no tenía idea de cómo me llamaba cuando entré a mi salón de clases, sino que mucho menos sabía escribirlo. Y claro, recuerdan sus primeros días de clase en cualquier lugar? toca presentarse a la clase, no es? He pasado algunos escenarios graciosos en estos años, pero pararme frente a un grupo de adultos y preguntarle a una completa desconocida -mi profesora- “cómo es que me llamo?” clasifica, de lejos, para el top ten de mis situaciones absurdas.

Como quien cambió el tono de su celular y no contesta las llamadas con rapidez porque no reconoce la música, así me quedo yo cada vez que toman la lista. En blanco, cuando algún compañero de clases se acerca a hablarme, y casi fingiendo demencia cuando me piden leer o responder preguntas. No puedo evitar quedar unos segundos sin entender qué pasa hasta que recuerdo y capto que, en efecto, es conmigo.

Pero todo tiene dos lados, y éste no es excepcional. El positivo? ya aprendí a trazar los tres caracteres que me identifican en el mundo escolar. El negativo? después de tanto esfuerzo, la certificación al final del año se la va a llevar otra que no soy yo.

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El ejemplo

17 Dic

Ya he dicho que no considero sencillo estudiar mandarín. Frustración es el sentimiento. Pasar tres horas por día en la escuela, cinco veces por semana, sin contar las dos horas diarias de práctica de caracteres,  para no conseguir pedir una Coca-Cola en un restaurante es -y aquí coincidirán conmigo- frustrante, a lo menos.

Las clases grupales tienen claras ventajas. Si faltas, la lección continua y es tu obligación ponerte al día por cuenta propia. Debes perder el miedo al rídiculo y soltarte a decir, delante de otros, oraciones y hasta párrafos. Lo más vergonzoso puede ser que, quizás, estos otros tengan mejor dominio del asunto del que tú logres demostrar. Pero hablar ayuda, y cómo no, hablar siempre ayuda.

Sin embargo, un día comencé a notar que parece casi un hecho de comprobación científica que en mis aulas para la mitad de los alumnos lo más difícil no parece ser la gramática tarzanesca de “yo Jane”, ni tampoco los cinco tonos que complejizan el simple acto de completar una oración al estilo “quiero agua”. Lo más difícil parece ser construir ejemplos, por lo general, salidos de la vida diaria.

Y es que a punta de usar el verbo “ser” o la partícula que denota futuro, todos terminamos conociendo la vida cotidiana de todos. Así, vamos sabiendo que la novia de uno de los chicos no se da bien en la cocina, mientras que una de las chicas tiene un marido que disfruta ir de compras, al igual que todos se enteran que mi perra poodle pelea con sus perros vecinos siempre que tiene oportunidad.

De tanto presentar frases sobre nuestras no tan movidas rutinas cotidianas, parece que en algún punto el cerebro se detiene cuando te piden armar una oración con fórmulas tipo “ni esto ni lo otro, quiero aquello”, y vamos que en mandarín, conjugar es un verbo que no existe.

Pero fuera de la traba mental que más de una vez padezco y veo reflejada en mis compañeros de clase al momento de ejercitar, están los ejemplos del manual. Es decir, los que el libro usa para explicarnos cada asunto. Esos te hacen pensar, casi sin duda, que no entendiste nada de nada y que no estás ni ahí cuando de mandarín se trata.

En la lección de numeración el diálogo esencial se desarrolla entre un vendedor y un potencial cliente. El hombre comienza negociando una bicicleta, y al no poder bajar más el precio, claudica y confiesa no tener más dinero. Acto seguido -quién sabe por qué- pide el teléfono del vendedor, para luego cambiar, de forma inexplicable, a la compra de unas medias.

Frases como “El bolígrafo de su hermano mayor no es caro”, “A los japoneses que les gusta cantar, también adoran hablar” o ” Él tenía una linda pieza de ropa” -muy útiles en la vida diaria, si me permiten la ironía- abundan en los libros de texto, ni que decir de la infalible presencia del tema postal. “Esta estampilla no es vieja”, “Hay cajas de correo en la esquina” o “El correo no está en frente de la universidad”, que protagonizan la mayoría de las primeras veinte lecciones.

Los condicionales no son tan complejos en mandarín. Pero cómo demostrarlo a partir del ejercicio propuesto por el libro es un acto de creatividad pura y dura. Construir una historia a partir de los gráficos requiere tanto esfuerzo narrativo que a mitad de la práctica todo mundo está inmerso en complicaciones verbales y temporales, y nadie repara en que el asunto sólo iba de usar un condicional.