Tag Archives: Japón

Fiesta en Elorza con swing japonés

11 Jun

 

Si de gastronomía se trata, es poco probable conseguir semejanzas entre una arepa y el sushi. Sin embargo, en el ámbito cultural hace 20 años un par de jóvenes en Japón encontraron algunas semejanzas y crearon “Arepa y Sushi”, la primera agrupación que se dedicó, en exclusiva, a tocar música venezolana en tierra nipona.

Jun Ishibashi, antropólogo y profesor de la cátedra “Introducción a la interpretación de la música latinoamericana” en la Universidad de Tokio, explica que antes del dueto, algunos grupos venezolanos, como Ensamble Gurrufío y Costa Caribe, dieron los pininos en la tarea de presentar al Caribe en el Pacífico asiático.

Doctor egresado de la Universidad de Tokio, con más de dos décadas dedicado a la difusión de la música venezolana en el extranjero, nueve de los cuales vivió en Caracas, Ishibashi parece haber plasmado sus esfuerzos en la concreción de la Estudiantina Komaba, agrupación musical que integra en su repertorio calypso, merengue, gaita y joropo, entre otros ritmos. El grupo compuesto por estudiantes japoneses de diversas áreas consiguió armar un set de 30 canciones en perfecto español, incluyendo piezas de Ilan Chester y Evio di Marzo, y ofrecen conferencias-conciertos a un público entusiasta que aplaude al son de “Fiesta en Elorza” a miles de kilómetros del poblado apureño, para probable delirio de Eneas Perdomo.

Cuándo se formó la Estudiantina Komaba?

Nació el 1 de agosto de 2009, durante el primer concierto realizado para marcar el fin de curso de mi cátedra. Actualmente, la Estudiantina está formada por egresados de la clase que quieren seguir tocando música venezolana durante todo el año.  

Por qué música venezolana?

La idea surgió luego de más de 25 años de trabajo en la difusión de la música venezolana fuera de su territorio. Viví desde 1987 hasta 1996 en Caracas y realicé varias investigaciones de campo sobre la cultura popular venezolana, además de compartir y producir espectáculos con músicos locales. Este lazo ha permitido que artistas como El Cuarteto con Huguette Contramaestre, Ensamble Gurrufío, Ricardo Sandoval y Mattias Collet, Leonard Jácome, Rafael “Pollo” Brito, Marco Granados con VNote Ensamble y Caracas Sincrónica, hayan visitado la Universidad de Tokio en el marco de la Semana Cultural de Venezuela.

Cómo adquirieron los instrumentos?

Todos con presupuesto personal, y traídos de Venezuela gracias a la colaboración de músicos visitantes. Debido a la importancia del proyecto, en estos momentos estamos buscando la  posibilidad de recibir donaciones de instrumentos para continuar con nuestro trabajo.

Han viajado a Venezuela o recibido asesor a de músicos venezolanos para armar su repertorio?

Uno de los aportes más significativos ha sido el del maestro Maurice Reyna, agregado cultural de la Embajada de Venezuela en Japón. Además de él, cuando músicos del género visitan Japón nos dictan talleres. La Estudiantina como tal no ha ido a Venezuela, pero dos de los integrantes sí han ido para asistir a talleres con los maestros Ernesto Laya, Gérson García, Javier Marín y Cheo Hurtado.

Cómo siente la recepción del público japonés cuando presentan ritmos tan diferentes?

El patrón rítmico venezolano es difícil, no sólo para los japoneses sino para todos los que no comparten la misma cultura, inclusive para los demás latinoamericanos. Pero tras esta última década de pedagogía, descubrí que era más fácil llevarlo a la práctica, no sólo explicando o haciéndoles escuchar, sino haciéndoles participar en el ritmo en ensamble. Ahora, al culminar nuestra conferencia-concierto, vemos que el público que escucha por primera vez joropo termina acompañándonos automáticamente con las palmas mientras interpretamos “Fiesta en Elorza”.

Cuáles son los retos de un grupo japonés que trabaja con la música de un país caribeño?

Lo difícil es aprender el swing y contextualizar el contenido en experiencia vivida. Hay que aprenderlo parrandeando, así que lo intentamos hacer con los músicos venezolanos que nos visitan.

Venezuela hace un buen trabajo en materia de preservación y difusión cultural?

El Estado venezolano carece de una estrategia firme de difusión de la cultura. Hay algo de politización, amiguismo, nepotismo e improvisación, y carece de asesoramiento de especialistas. Por ejemplo, recientemente el Grupo Tambores de San Millán realizó una gira por Vietnam.  Siendo que mi tesis doctoral devino en la única etnografía publicada sobre esta comunidad, de haber coordinado, de paso una visita a Japón, podría haber sido una oportunidad propicia para la promoción de la cultura venezolana. Por qué no se hizo? Sin embargo, bajo el actual Gobierno se registraron algunas mejoras al definir los lineamientos sobre la difusión de la cultura popular y tradicional en la Ley Resorte.

Tienen programada alguna gira en los próximos meses? planes de ir a Venezuela?

En Japón hemos ofrecido conferencias-conciertos en 7 provincias, y nuestra meta es visitar 47 provincias, pero nuestro sueño es realizar una gira por Venezuela dentro de cinco años. 

Entrevista publicada el 10 de junio en el diario Últimas Noticias
Anuncios

Lugares ni tan comunes

7 Feb

El punto 7 del recorrido es, según la guía de audio, el que ofrece la panorámica más atractiva de todo el recorrido. Muy cerca de la casa de té y también de la antigua zona de caza de patos

Es un lugar común, un cliché que llaman, hablar de los espacios verdes que sirven de pulmones a las junglas de asfalto por las cuales transitamos nowadays. Lo es más aquella foto contraste que muestra los enormes edificios despuntar detrás de árboles que parecen pertenecer a otro paisaje. Pero es una pena que estos lugares comunes no sean tan comunes en nuestras urbes.

Los jardines de Hamarikyu en las orillas del río Sumida en Tokio son uno de estos lugares comunes que garantizan un recoveco verde en medio de los edificios de vértigo obligatorios en una metrópoli carente de espacio.

Quiénes tienen oportunidad de visitar la capital japonesa deberían dedicar unas dos horas para recorrer los senderos de lo que tres siglos atrás fuera una villa familiar. Está cerca del mercado Tsukiji, por lo que podría ser el complemento ideal luego de haber madrugado para asistir a la esquizofrénica actividad que exige la venta y distribución de toneladas de frutos del mar.

Aún sin tomar el paseo por la bahía en bote, el muelle ofrece una caminata tranquila junto al mar

La entrada al parque es paga, como también el guía de audio, pero la visita guiada dista mucho en potencial de aquella a ciegas, o a sordas. Un árbol que ha atestiguado todos los devenires de la villa durante estos tres siglos da la bienvenida en el recorrido que entre verdes, colores y graznidos de cuervos irá llevando hasta el muelle de donde es posible iniciar un paseo por la bahía.

El silencio, los olores y las vistas desde varios ángulos del parque justifican el paseo, pero para quiénes requieran de más inmersión cultural, está la casa de té Nakashima donde podrán hacer un break (en el tiempo) con una té verde y una pequeña torta, también de té verde.

Una mañana en Tsukiji

4 Ago

Imagen común a lo largo del mercado. Tripas y sangre están a la orden del día, pero todo permanece tan impecable que, en realidad, uno nunca termina viéndolas

En francés. Ni inglés, ni español. Fue en francés que un vendedor de pescados intentó responder alguna pregunta mientras yo curioseaba por vez primera en el Mercado de peces de Tsukiji en Tokio. Conversó sobre la poca incidencia que habían tenido en la actividad de este enorme centro de ventas el terremoto, tsunami y el consecuente accidente nuclear que amenazó con contaminar parte de la costa norte japonesa.

El mercado de Tsukiji está entre la lista de los más grandes del mundo en su género. Desde allí cada mañana se despachan dos mil toneladas de productos del mar. Es accesible por metro, y una vez en la estación de Tsukiji -en la línea gris o Hibiya- sólo hace falta seguir el olor a pez y los carteles de sushi para llegar a él.

Funciona desde hace 76 años, y quien sabe como se volvió una atracción turística, pero lo cierto es que lo es. Decenas de foráneos incluyen el lugar entre su itinerario de visitas en Tokio al punto que los operarios del mercado prohibieron recorrer sus entrañas antes de las 9 de la mañana para evitar interferencias con el agitado movimiento de recibo, preparación y despacho. Ciertamente es en esas primeras horas cuándo realmente ocurre todo un circuito de actividades digno de asistir.

Entre las principales convocatorias tácitas de Tsukiji está la, ya famosa, subasta de atunes. No es un pez cualquiera, los especímenes llegan hasta los 300 kilos. Ver uno de estos gigantes distribuido en partes en los congeladores es imagen común en el mercado, pero la subasta es tan peculiar que, en la práctica, exige otra subasta implícita para poder estar entre los 120 afortunados que son recibidos día a día para observar el proceso con ojos de turista.

Los atunes listos para la subasta. Sólo 120 personas por día pueden entrar al lugar y observar desde un área segura como se decide el futuro de estos enormes pescados (Foto tomada de http://www.japan-guide.com)

Sólo apuestan compradores registrados y los visitantes deben permanecer en un área establecida para su banal propósito. Por temporadas esta incómoda presencia ha sido vetada en aras de facilitar las cosas a quienes están allí por deber y no por placer. Luego del terremoto de este año, un cartel permanece en la entrada del mercado: La subasta de atún está prohibida para visitantes, quiénes además, de preferencia, deben abstenerse de visitar el mercado.

Tras el terremoto, la recomendación fue de no asistir al mercado con fines turísticos y se prohibió la visita a la conocida subasta de atún que se hace cada mañana en el lugar

En efecto, al pulular por los estrechos pasillos de la parte interior del Tsukiji Market notará que los ojos de trabajadores y empleados no miran con beneplácito. Comprensible, después de todo, siendo un mercado, nadie quiere turistas sino compradores. Las miradas no pasan de inofensivas, contrario a los carritos que transportan de un recoveco a otro las cajas de anime contentivas de alimento. No avisan, no cornetean, no paran. Si no voltea a los lados puede ocasionar una real intrusión en la vida de estos conductores que, a las prisas, cumplen sus urgentes envíos. Recuerden que se trata de pescado señores, todo debe ser rápido.

La actividad en el lugar comienza a las 3 de la mañana. La vida de la pesca es tempranera, por lo que a las 11 de la mañana no quedará mucho para ver, excepto decenas de operarios limpiando vitrinas, cajas y utensilios. El olor a pez -cuasi embriagante para quiénes ya moraron en las cercanías de un puerto- parece un aromatizante, reforzado por el sonido de las gaviotas, en medio de tanta organización y limpieza. Puede impresionar la rapidez con que todo es depositado en cajas de anime y nada cae ni está ubicado en lugares impropios. Puede impresionar, repito, porque estamos hablando de un lugar donde el fuerte son productos del mar y muertos.

Los carros, como ese verde al fondo, rondan todos los pasillos rápidos y furiosos. Distribuyen las cargas entre los vendedores y despachadores. Es preciso estar atento durante el recorrido para no irrumpir en su camino

En la parte externa del mercado, donde los turistas son más invitados a pasear, puede hacerse con utensilios para cocina, botas de caucho o platos, vasos y tazones de cerámica con motivos diferentes, así como la platillera básica para servir una buena cena de sushi en casa, si tiene al chef, claro. Si no, lo mejor es sentarse a almorzar en alguno de los disputados pequeños y tradicionales restaurantes instalados en medio de esta zona del mercado.

Si necesitaba un cepillo para escamas, llegó al lugar adecuado, si no, pasear por la parte externa del mercado no le vendrá mal

Por razones obvias, ofrecen el pescado más fresco todos los días, y si tiene debilidad -como yo- por todo lo que sale del mar, le será difícil decidir entre las variedades que ofrecen entre sushi y sashimi. Sentarse en la barra y observar la preparación ya vale el dinero, que no es poco. La comida en Tsukiji no decepciona, el ambiente menos.

Sushi dai está en la vía que sigue desde la entrada cercana al metro, en línea recta, hacia el mercado interno. Un set de sushi puede rondar los 30 dólares pero la experiencia de verlo en preparación es, apenas, un aperitivo para la delicia que resulta el almuerzo (Foto tomada de http://www.ededition.com)

Yo-Robot?

4 May

Topé con estos chicos en el tercer piso de un templo juguetero. En la mesa de más de un metro cuadrado buscaban piezas para armar robots miniaturas. La imagen de aquél "buscar una aguja en un pajar", sólo que ellos sí la encontraban, y no sólo una, varias!

Me gustan los juegos de video, el Lego y los rompecabezas. Logro entender el placer intrínseco en armar algo con las manos o vencer los retos de las aventuras que ofrecen las pantallas, ahora casi todas planas. Pero las jugueterías de Tokio me desconciertan. No son recintos para niños en edad, sino en corazón. Inmensos galpones que bien parecen templos al eterno placer de jugar, de divertirse.

Uno de los tantos recintos de arcade en el distrito electrónico de Akihabara

Es imposible salir de la ciudad sin al menos enfrentarse a un arcade por algunos minutos. Mi intento fue por atrapar con tenazas metálicas una heroína de manga con cabello tan violeta como el que suelo tener gracias a la magia de la química. Luego de seis intentos y de darme cuenta que había gastado en la traga-niqueles más de lo que podría costar la muñeca salí del lugar corriendo y sin mirar atrás. Era un edificio de seis pisos, todos dedicados a video juegos. La distribución desde el sótano hasta el último espacio era temática, así, la planta baja era sólo para traga-niqueles. Algunos al menos salían con un botín entre las manos.

La dimensión de las jugueterías y de la mercadería sólo me dejó pensando en una cosa: no basta la vida si el asunto se toma como coleccionista. Cuánto dinero, tiempo y espacio hay que tener para hacerse con cada pieza? Luego, viendo el movimiento de la clientela concluí que la oferta no es excesiva desde la perspectiva de la demanda.

Muro de afiches promocionales en uno de los pisos del templo juguetero Hakuhinkan Toy Park

Hay fanáticos, robots, figurines, controles, pantallas, trajes, mundos de fantasía, revistas. Un paraíso electrónico. Servicios eficientes y procesos altamente automatizados. Las máquinas distribuidoras de bebidas, tiquetes y muñecos han plagado la capital de Japón, el cosplay -que no es más que traer a la vida a personajes del mundillo del comic– invade aceras más allá de los límites de Harajuku o del Akihabara. Cuesta dar crédito a tanta afición por los circuitos, tecnología e historietas.

Un antropólogo local me comentó que la sociedad japonesa había logrado ciertos atisbos de perfección en su vida diaria, sin embargo, en su opinión, era momento de voltear la mirada a lugares como Suramérica para aprender de su calor y cadencia. Será? o será más bien que a nosotros, todos calentura, nos hace falta un poco de “Yo-Robot”? Quizás se anhela lo que no se tiene, quizás se lamenta lo que se tiene, quizás realmente se menosprecia lo que se tiene.

Una de las centenas de máquinas distribuidoras de Tokio. Hay de bebidas frías y calientes casi a cada centímetro de las calles, pero también usan esta variedad en algunos restaurantes para comprar el tiquete del menú y entregar directamente a la mesonera. Proceso automatizado!

Hachi-ko’s Exit

2 May

La “Hachi-ko’s Exit” está debidamente señalizada dentro de la abarrotada estación de tren de Shibuya. Cercana a la zona de bares y de compras, es un punto de encuentro para una muchedumbre de jóvenes. Quizás uno de las muestras más evidentes de su multitudinaria concurrencia sea el cruce de Shibuya. Una suerte de homenaje a los peatones, el cruce paraliza al unísono  cuatro vías de automóviles y activa cinco congestionados pasos cebras simultáneamente durante un minuto.

Kaneto Shindô escribió el guión de “Hachi-ko monogatari”, película japonesa estrenada en 1987 cuya trama narraba la lealtad de un perro que esperó en una estación de tren durante una década a su dueño luego de que éste falleciera impartiendo clases en la Universidad de Tokio. En 2009, su guión fue la base del remake norteamericano de la historia, “Hachi: A dog’s tale”, sin final feliz a pesar de ser protagonizada por Richard Gere.

La historia transcurrió en 1924, cuando este perro Akita fue entregado a un profesor de la Universidad de Tokio. Durante un año el animal acompañó a su dueño hasta la estación de tren de Shibuya y luego volvía por él para ir a casa. Un día el profesor Hidesaburo Ueno murió de un derrame cerebral en medio de una clase y el animal fue regalado a otra persona en el distrito de Asakusa. El perro se escapó y eventualmente retornó a la plazoleta frente a la estación de tren.

Alimentado por los vecinos de la zona, se mantuvo año tras año frente a la estación. La historia circuló en un diario local en 1932, y dos años más tarde, junto a él fue colocada una estatua en su honor. Hachi-ko moriría un año después y sería enterrado al lado de su dueño. La estatua fue retirada en 1944 para fundirla y reutilizar el material en medio de las demandas bélicas del momento. Cuatro años después colocarían un nuevo monumento en la plazoleta.

La estatua de bronce de Hachi-ko en la salida de Shibuya. También existe una réplica del perro en el Museo Nacional de Naturaleza y Ciencia de Tokio en el Parque Ueno

Durante la ceremonia inaugural de la segunda estatua, una niña de tercer grado fue invitada a destaparla junto con otros chicos de varias escuelas internacionales. Ella, Atsuko Hajima, escribió en su pedestal “Perro fiel Hachi-ko”. Medio siglo después, entrevistada por el Japan Times, contaría que durante aquellos años su madre le diría que “si la paz continúa, la estatua nunca desaparecerá”. Acertada o no, lo cierto es que misturada entre las centenas de personas que día a día transitan la zona, la réplica de bronce de un Hachi-ko sentado, mirando al horizonte, con una oreja ligeramente caída, ha permanecido allí durante más de 60 años.

Harajuku girls

29 Abr

El dress code de las Harajuku girls es la indeleble imagen de la calle de la moda de Tokio

Tal vez les suene el nombre por “Harajuku Lovers“, la marca de accesorios y perfumes que Gwen Stefani, la voz y rostro de aquella banda californiana No Doubt, lanzara hace seis años.  Pero lo cierto es que la rubia de estilo versátil y volátil supo ver que, comercialmente hablando, sería un tiro al piso encapsular la imagen distintiva del distrito fashionista de Tokio.

Aunque no falta estilo en las calles de la capital de Japón, una caminata vespertina por Harajuku redimensiona por completo cualquier concepto de moda que tengamos en nuestras estandarizadas cabezas suramericanas. Al bajar de la estación de Metro Omote-sando comenzará a ver la zona de tiendas de la vibrante y colorida Harajuku. Las rutilantes vitrinas de las marcas que sólo de nombre pesan en el mundillo del fashion aclimatan la vista a cuanto transeúnte foráneo incursiona por la región que es conocida overseas como la calle de la moda nipona.

Parte del atractivo son los restaurantes y pequeños cafés esparcidos entre las boutiques y que le imprimen un toque cosmopolita a la zona

Cuando se canse de engullir letras y estampados harto conocidos habrá caminado lo suficiente como para adentrarse en las callejuelas traseras, conocidas por los locales como “Ura-Hara”. Completamente peatonal, toca abrirse paso entre un mar de adolescentes que bombardean visualmente a cuanto turista ávido de colores se presenta por los predios. Las “Harajuku girls”, o las chicas que le dan vida a la zona, le impactarán de tal manera que es probable que termine cantando con la Stefani “Harajuku girls … What’s that you got on? … Vivienne Westwood can’t go wrong“.

La imagen no va sólo en los atuendos. La región es conocida por ser el lienzo de expresión de las tribus locales por lo que continuamente hay espectáculos, grafitis y exhibiciones

Lo que durante la ocupación norteamericana, después de la Segunda Guerra Mundial, fuera un asentamiento residencial para oficiales y sus familias, ahora es un universo de pequeñas boutiques de diseñadores locales que ofrecen propuestas independientes y singulares, tanto como la muchedumbre que frecuenta el distrito. Con cambios considerables y una evolución continua durante la segunda mitad del siglo 20, Harajuku es actualmente un destino turístico sin desperdicio para todo aquél que visita Tokio. En tanto que es una pasarela para los locales que quieren desfilar sus alter egos y reproducir estilos individuales.

Abrirse paso entre decenas de visitantes es parte obligatoria de la experiencia

Aunque siempre es posible devorar looks y performance de fantasía, el verdadero espectáculo transcurre cada domingo cuando confluyen en estas calles las diversas caras de las tribus tokiotas.

Quién se anima y copia el estilacho?

El loquete de colegiala es el más común pero de toda la capital. Lindo, pero todas deberían llevar un letrero que diga "Advertencia: No intentar esto en casa" porque sólo a ellas les queda soberbio

También hay Harajuku Boys, pero la fama internacional está narrada en género femenino

Las geishas de la posmodernidad

23 Abr

Jóvenes, lindas y coquetas, con un aire mitad infantil mitad fantasía, estas chiquillas abundan en las aceras del barrio de electrónicos Akihabara o "Denki-gai"

Scarlett Johansson corriendo junto a Bill Murray y otros chicos calle abajo mientras son perseguidos por otro molesto grupo que dispara perdigones era la imagen más fresca que tenía en mi imaginario sobre lo que sería andar por Tokio una noche cualquiera. La escena de Lost in Translation daba cuenta de una convulsionada capital, encendida y poco convencional. Tanto lo es que la Johansson podría lucir opaca en medio de tanta estridencia, color y extravagancia.

Tokio no es famosa por una sola cosa, pero si hubiese un top ten, los electrónicos estarían compitiendo duramente por uno de los primeros puestos. La zona de Akihabara (más comúnmente llamada Akiba) o “Denki-gai” (traduce “barrio eléctrico”) ha mantenido su fama durante más de 50 años. En principio, terminada la Segunda Guerra Mundial, se convirtió en un mercado negro para comprar artefactos y partes de equipos de radio. Con los años es un sitio ideal para hacerse con cualquier aparato eléctrico o electrónico. Además de tiendas oficiales de marcas, existen grandes comercios de variedades y también otras que se promocionan por ser libres de impuestos para extranjeros, pero realmente devienen en una clásica trampa turística.

El imperio electrónico ha hecho espacio de convivencia con el universo del manga y del anime. La llamada cultura “otaku” ha invadido con fuerza cada esquina de la zona. No sólo hay decenas de lugares para compar revistas, historietas, muñecas, juegos y cualquier cosa más allá de su imaginación relacionada con la temática. Impresiona no sólo la cantidad de cosas que pueden encontrarse, sino también las formas. Abundan las heroínas virtuales con cabellos de colores y curvas de infarto en provocativas poses, vestidas en trajes de fantasía erótica o desnudas. Es posible comprar diminutas muñequitas o sets completos de estas porno-idolbarbie, como también son las protagonistas de quién sabrá cuantas millones de historietas.

Escuché a un japonés de no más de 30 años decir que este mundo otaku es el de los eternos niños que transpolan en las historietas, juegos de video y muñecos sus fantasías infantiles. Desconozco como puede explicarse semejante fenómeno, pero lo que es un hecho es que es un fenómeno con arrastre. Además de las tiendas de más de 3 pisos de mercancía, hay esparcidas por doquier máquinas temáticas para comprar pequeños figurines con monedas.

Cada una de estas cajitas tiene un tema. Entre 200 y 300 yenes por muñequito, es cuestión de elegir su tema, colocar las monedas, dar vuelta a una perilla y recoger su coleccionable

Los templos dedicados a los juegos de video son de proporciones faraónicas y es inevitable caer en la tentación de quemar algunos yenes en las traga-niqueles. La imagen de filas de personas fumando y tomando alguna cosa, adheridos a consolas de video a las 5 de la tarde es de las cosas más bizarras que creo que haya visto hasta la fecha. Es atracción de grandes y chicos, incluso más de grandes que de chicos. Hay lugares en los que apenas permiten la entrada a mayores de edad, y no se hagan mente, no hay nada fuera de orden: sólo máquinas y máquinas. Juego y mundos fantásticos. Una realidad ficticia que parece más real que la real para centenas de personas.

Mi momento de euforia fue cuando vi una réplica de 1,60 de Mazinger Z, aquél robot gigante operado por el guapo (entonces me lo parecía) Koji Kabuto que, como todos los héroes, trataba de salvar el mundo de los malvadísimos ataques del Doctor Infierno. La euforia disminuyó un poco cuando vi que el gigante que tenía al frente era para conmemorar los 40 años de la primera edición del seriado. Cuatro décadas, quien diría.

Todas andan a la caza de clientes, papeles en mano, entusiasmando a los transeúntes a un rato de relax junto a ellas

Es tan fuerte la pasión por el costume que la realidad comenzó a imitar a la ficción. Así no van a faltar en las aceras adolescentes vestidas con trajes clichés de empleadas domésticas, marineras, niñas y pare usted de contar. Todas tienen rostros infantiles y usan medias de colegiala con mini falda acampanada y largas colitas en el cabello, así como toques pasteles que las suavizan aún más el look. Hacen publicidad a centros de masajes y a los “maid cafes”. Estos últimos son cafés con la particularidad de que su personal, sólo femenino, está completamente en personaje, es decir, todas lucen estos vestiditos de fantasía, hablan en agudos decibelios y hacen puchero combinado con mirada de “gato con botas”.

El más famoso de estos centros, según la Lonely Planet es el @home Café. Dividido en dos escenarios, el primero es una barra y el segundo un espacio para que las chicas canten, bailen y hagan concursos con los visitantes. Al llegar usted escoge a cual de los dos ambientes va e inmediatamente es informado de sus opciones. En el caso de la barra -el que yo tomé- le corresponde pagar sólo por la visita, además de elegir un plan que puede ser sólo tomar algo, jugar con la maid “de su preferencia” o tomarse una foto con ella. Opción C: todas las anteriores. El sitio es totalmente rosado, lo más cursi que pueda imaginar. Todas dan la bienvenida y despedida a coro en sus agudos tonos de voz. Las opciones de tomar o comer son tan dulces como la atención de las chiquillas. A lado y lado tenía chicos que habían optado por un juego con su maid. No puedo negar que la escena era un poco deprimente: muchachos de unos 20 años pagando por jugar una suerte de damas con motivo Hello Kitty con una chiquilla que sólo sonreía y hacía puchero.

Las fotos exigen pose. Traen a su puesto un catálogo de fotos de las niñas para que elija una. Luego lo llaman y ella coordina la pose que -no se hagan mente- es infantil, no provocativa. Le dan la opción de usar orejitas de gata o conejo, u otros accesorios. El contacto físico está expresamente prohibido. No es un sitio para tocar o pasarse de simpático, es para jugar y distraerse un rato. Los chicos llegan, juegan, se retratan con ellas, hablan un rato y se van con un barajita más en su álbum de fotos. Mis vecinos de barra tenían, cada uno, sus respectivos estuches de fotos donde, a ojo por ciento, podrían haber unas 300 imágenes. No puedo contabilizar cuanto dinero había allí ¿invertido?.

A medida que veía la escena no podía sino recordar otra película, aquella de Memorias de una geisha. Mientras más observaba a las chicas y a sus seguidores venían a mi cabeza las lecciones que Mameha daba a Sayuri sobre el deber ser de una geisha que iba de complacer a sus clientes con música y juegos. Servirles el té, escuchar sus conversaciones y lanzar ocasionalmente gestos de sensualidad que no pueden confundirse, ni por error, con invitaciones a un mínimo contacto físico. Lejos de los elegantes kimonos de seda y las altas sandalias de madera, estaban frente a mi esta especie de geishas de la posmodernidad envueltas en trajes de fantasía con cientos de metros de encaje y detalles rosados.

La sorpresa de despedida fue un juego de palitos para comer envueltos en un empaque rosado con la bandera de Venezuela impresa. Confieso que fue un gran obsequio. A la salida, los más entusiastas podían comprar recuerdos del café o trajes de fantasía para tener su propia maid en casa.

Como yo no fui al segundo ambiente a jugar Moe Moe Janken (una especie de piedra, papel o tijera), aquí les dejo un video para que vean de qué va la experiencia.