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Protestas en la calle

7 Jun

Unos días atrás, cuando salía en la bici hacia el gimnasio, distinguí en la calle del frente de mi edificio un tumulto de personas, no más de 5 u 8 chicos sosteniendo una pancarta y gritando algunas consignas que, sumando la distancia y mi carente chino, no lograba descifrar.

El evento habría pasado inadvertido de no ser porque unos días atrás había echado un ojo al balance anual de Human Rights Watch en su capítulo China. Me llamó la atención de que hablaran de un estimado de 200 a 250 protestas diarias con participación de ciudadanos, como un hecho que evidencia el progresivo cambio de la sociedad frente a problemas diarios como corrupción, abuso de poder y mejoras económicas.

Como se puede sacar al periodista del periódico, pero no al periódico del periodista, pedaleé tras ellos soñado con que pudiese tratarse de una protesta a punto de disolverse. Todos iban uniformados, así que “son de alguna empresa y exigen arreglos salariales” – deliré. Enceguecida por la ambición de toparme con algo más difícil de presenciar que el Monte Fuji en días nublados, no reparé en que el color del uniforme era violeta (inusual). No escuchaba nada con claridad, mientras más me acercaba menos intentaba descifrar los gritos, sólo quería llegar al frente y ver de qué se trataba.

Para pesar de Julio César, vine, vi pero no vencí. Sus camisetas planchadas y sus peinados de altura (por el tamaño, más que por el estilo) iban en sintonía con espléndidas sonrisas. Nada de caras largas, nada de furia en el andar, nada de reclamos, sólo una cordial invitación para ir a la nueva peluquería del vecindario.

Y para justificar mi pedaleada, imbuida por delirios de Luisa Lane, tomé una foto y, a falta de noticia, escribí este post.

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Hostilidad gratuita?

26 May

Ayer al mediodía llegaba a casa como cualquier otro día. Cuando iba a cruzar la reja de entrada le di paso a una señora que, a diferencia de mi, tenía tarjeta para abrir la puerta. Ella me hizo un dejo de molestia y al abrir me lanzó la puerta en la cara.

En otras circunstancias, resta quejarse y lamentar que momentos así te recuerden que no estás en casa. En circunstancias actuales, la experiencia será asociada a una suerte de campaña xenofóbica promovida por las autoridades luego de que un par de semanas atrás un británico fuera captado en cámara intentando abusar físicamente de una china en una zona de alto movimiento. Cercado por varios locales, el hombre fue golpeado e insultado.

Días después un ruso, miembro de la Orquesta Sinfónica de Pekín, fue grabado durante un viaje en tren cuando apoyaba sus piernas en el cabezal del asiento delantero. La pasajera del frente pidió retirar sus pies y él se negó con actitud poco cortés.

Ambos videos circulan como pólvora en la Internet china y generan comentarios infortunados en contra de la comunidad extranjera que vive aquí. La policía puso a la orden un número telefónico para denuncias en un aviso que bien podría resumirse en un gesto de “mano dura con ellos”. Hay oficiales circulando en las áreas de mayor tránsito extranjero y algo de nerviosismo en las calles para aderezar la situación.

También hay extranjeros pidiendo no hacerse la vista gorda ante la “mala actitud” de muchos foráneos que llegan a China para hacerse con un harem de mujeres locales o tratar con desprecio a sus involuntarios anfitriones. Hay chinos pidiendo expulsar a esta horda de alienígenas que intentan crear zozobra en el “armonioso” gigante asiático, sí, así, para hacer la frase bien cliché.

Hasta un ancla de televisión expuso públicamente que la “basura extranjera” debía ser expulsada y los medios de comunicación críticos al Gobierno, cerrados.

En lo personal, no creo que la xenofobia o algunas actitudes reprochables de extranjeros sean procesos nuevos en China o en otros países. Muchos locales resumen la experiencia pensando que los foráneos vengan con dinero a darse una vida, en apariencia, más relajada en su país. No sólo en China es así.

Desde que llegué a Pekín, me encuentro con personas que no vacilan en recordarme que no soy de aquí y que más me vale ubicarme, y con otras que a pesar de las diferencias no sólo tratan de entenderse conmigo sino que parecen hacerlo con voluntad genuina. No me siento insegura, ni nerviosa, ni creo que una campaña oficial genere un sentimiento antes inexistentes en ambos bandos, simplemente creo que sólo sirve para exacerbar lo que ya existía.

Para los curiosos, sigue el video que prendió la mecha de la polémica.

 

Reincidir

27 Mar

Entonces. Volví a la peluquería como quien vuelve a fumar luego de jurar -tras un horrible episodio de bronquitis- que abandonaría el vicio: una tarde de domingo cualquiera sin mucho para hacer, arrastrada por el marasmo y olvidando los efectos desagradables registrados en el espejo tras el mal paso del secador, digo de la bronquitis.

Durante mi breve estadía en Caracas hace tres meses cumplí con el obligatorio trámite de reconciliarme con las tijeras y el olor a químicos que, por extraño que parezca, tiene un encanto indescriptible. La peluquera observó mi cabello con la mirada científica de quien evalúa un vestido manchado, casi insalvable. Abstraída por un par de minutos se lanzó a toda máquina con el diagnóstico, clínico, implacable.

– Quemado. Mal uso del agua oxigenada. Hay que eliminar al menos dos dedos de puntas para recuperar el resto. Más corto atrás para dar volumen. Más largo adelante para enmarcar el rostro. No, no te va el flequillo corto, te alarga el rostro, mejor algo más largo, a un lado que pueda dar balance y garantice la movilidad.

Con tamaña dedicación, y sabiendo que si en algo los venezolanos somos buenos es en asuntos de belleza, está de más contar que salí de allí escuchando en mi cabeza a Roy Orbison cantándome “Pretty woman don’t walk away…“. Quizás poseída por los buenos recuerdos, o tal vez porque la credulidad es una característica innata en las mujeres -no importa cuántas veces reneguemos de ello- crucé el umbral de la peluquería en Beijing llena de optimismo.

La primera parte de la cita terminó sin complicaciones. A la hora del secado, Jhon -así me contó que se llamaba- se detuvo a contemplar mi cabello por unos minutos sin decir palabra. Fue allí que, a través del espejo, reconocí la mirada abstraída, la observación científica, el destello de interés.

Es un corte inusual – en inglés, porque aún no llego a inusual en mi vocabulario chino. – Hay intención de volumen, no cortaron de forma recta. Dónde te hiciste esto? 

Los ojos brillaban con curiosidad. Cuando le conté que en Venezuela, pestañeó varias veces y sin mirarme, continuó,

Hmmm, está asimétrico, hay caída, hay capas, hay volumen, y el flequillo no cubre toda la cara. Es un buen trabajo. 

Tras la validación de lo para mi obvio, encendió el secador y con la pericia de quien reconstruye la escena del crimen, armó cada capa del corte que recién había estudiado. Veinte minutos más tarde me dio su tarjeta para que preguntara por él la próxima vez. Claro que habría una próxima vez, tal aparición me había devuelto la fe.

Volví con la confianza con la cual entraría a casi cualquier peluquería de Caracas, pero Jhon, el elegido, no estaba más entre nosotros, o al menos entre ellos, los peluqueros. Un “él no trabaja más aquí” me cayó como el choque de realidad que siempre aparece en cada etapa de nuestras vidas para demostrarnos que la ingenuidad es una condición que nunca se pierde.

Ya allí, cerré los ojos y esperé por lo mejor. Apenas vi la forma en que Iván, el nuevo peluquero, tomaba el secador y supe que era demasiado tarde para huir. Los siguientes diez minutos fueron una confirmación de que los milagros son milagros precisamente porque no se repiten de forma previsible.

Cuando estaba por irme, volví a preguntar por Jhon. Las miradas cómplices me dejaron claro que, al igual que mi cabello, él no había salido en buenos términos de esa peluquería. Ésta vez mientras abría la puerta y enfrentaba la masa que se congrega al caer la tarde en el barrio de expatriados, volví a escuchar a Roy Orbison, pero esta vez en medio del solo de guitarra sólo me decía “Mercy!“.

Notal al pie de página: Hay progresos, 90 % del diálogo fue en chino.

Desplazarse

23 Mar

Parada de autobus en la avenida Guanghua de Pekín

En materia de transporte urbano, andar en Pekín tiene sus conveniencias, mas si antes se anduvo por Caracas, la caótica capital venezolana, como fue mi caso. Es un tema variopinto, no hay que dejar de lado que aquí, día a día, más de 20 millones de personas se mueven entre los cinco anillos que marcan a la ciudad desde Tiananmen hacia las afueras. Sentirse solo deriva en un asunto mental.

El sistema de metro cruza de este a oeste la ciudad y despliega sus ramales cual epidemia colorida sobre el circular mapa pequinés. Es una alternativa económica: sólo 2 RMB (0,32 USD) para concretar cualquier ruta, no importa la distancia. La excepción es el tren expreso hacia el aeropuerto que de ida o vuelta cuesta 25 RMB (3,97 USD). Vale la pena pagar puesto que el trecho que cubre sin paradas ni tránsito se pagaría en un taxi por no menos del doble.

El asunto está en los detalles. Conseguir un asiento en los vagones que cruzan la línea 1 del sistema es un desafío que exige rapidez, poca cortesía y un toque de sexto sentido para reconocer en miradas cansadas o ansiosas que la parada ha llegado y están próximos a levantarse. Siempre repleta de personas que todavía no entienden la ley básica del asunto: dejar salir para poder entrar. Es una máxima que los pasajeros van a intentar entrar mientras varios desesperados empujan por salir. Ya vi gente caer, golpeé y fui golpeada, y no, nadie se inmuta, es normal.

Las transferencias no son aptas para personas claustrofóbicas, mas si hablamos de horas pico cuando ni siquiera es posible tener un campo de visión despejado a un metro de distancia, “vacas al matadero” es una figura literal en esos momentos.

Un día, tarde para un encuentro, aproveché mis 20 minutos de metro -porque eso sí, un retraso es más improbable que una silla vacía a las 9 de la mañana- para maquillarme ligeramente. Mis compañeros de ruta me obsequiaron con miradas de total asombro, como si estuviesen en un capítulo de la dimensión desconocida viendo al hombrecito verde que come los cables del ala del avión. Reacción desmesurada podría yo pensar luego de ver a un niño de unos 3 años orinando en el piso del vagón sin despertar la menor curiosidad. La madre limpió el “desastre” con una toalla que volvió a colocar en su bolsa, y nadie paró de conversar, textear o jugar en los dispositivos táctiles.

El autobús no es de mis favoritos. Nada especial contra China, es sólo un asunto personal, hace años que tomé aprehensión contra los autobuses. Centenas de rutas cubiertas por autobuses dobles sacuden el pavimento de Pekín cada día. Ninguno vacío, ninguno sin pasajeros en las miles de paradas distribuidas por la ciudad. El 338, 441, 326, totales anónimos para mi distinguibles a distancia por un parlante que emite una melodía repetitiva de funcionario que pide hacerse a un lado. Choferes rápidos y furiosos. Siempre dudo que van a frenar, porque en Pekín “la derecha tiene vía libre” significa eso, libre, no hay que detenerse para ver a los lados ni frenar si un peatón cruza el rayado, es libre.

Los taxis son baratos. Los primeros tres kilómetros cuestan poco más de un dólar y con taximetro encendido resulta difícil no caer en la tentación. Es eso lo que ha hecho que cada día escaseen más y más, y siendo extranjero, algunos choferes seguirán de largo aunque pongas cara de gato con botas. El tráfico tampoco es motivante. Miles de carros han salido a las calles a diario en los últimos años. Algunas trancas e incomprensiones de un país que aprende a manejar pueden dificultar aún más la situación.

Mototaxis? los tenemos. No son propiamente motos, pero si taxis. Mini carritos de metal que no dan abasto para más de dos personas avanzan en medio de bicicletas y motos, y los más osados, entre carros y autobuses. Una vez más se impone la regla de la economía básica en estos lares: cara de laowai (extranjero) y pagas más. Pero ver la cara de conductores invadidos por la frustración mientras tú te mueves a una velocidad nada despreciable de 40 kilómetros por hora es de esas cosas que no tienen precio, cierto? Para todo lo demás existe… una bicicleta, de preferencia con motor.

Contra la publicidad engañosa

23 Feb

Es un debate que cada dos o tres meses vuelve a los diarios, casi como si fuera una noticia en pena. Perro: comer o pasear. El diario local Global Times publicó unos días atrás un reportaje a página completa sobre el dilema registrado en una comunidad donde uno de los residentes levantó una denuncia, no cuestionando la venta de carne de perro, sino que la valla publicitaria del restaurante empleara la imagen de un Golden Retriever para promocionar su plato de estación.

Casi como siempre suele ocurrir en estos casos debido a las particulares y voluptuosas características de la www china, algunos minutos y kilobytes después,  el asunto viró polémica.

El dueño del local no titubeó en argumentar que la carne con la que su personal prepara el hotpot canino no es de Golden Retriever alguno, sino de perros callejeros criados en granjas en el interior. El anuncio? añadió que fue diseñado por un equipo publicitario de forma autónoma.

Los locales consideran la carne de perro como un plato de particular valía en invierno porque – según los entendidos – contribuye al calentamiento corporal y a la ingesta de energía. El restaurante atacado oferta el plato sólo en las noches por un costo que ronda entre los 9 y 10 dólares el servicio.

El reportaje apunta que el dueño -quien aceptó modificar la publicidad “ofensiva”- no siente que sus ventas vayan a disminuir por la crítica, y en efecto contrario, uno de los comensales contó haber ido luego de ver el anuncio.

Innegable que, para quiénes pasamos de la carne de perro, la foto de un alegre y bonachón Golden Retriever puede resultar chocante en un restaurante, pero visto desde este punto de vista hasta parece un mero dilema publicitario. Un cómo vender el producto, en palabras simples.

Si echamos un ojo repararemos que la imagen caricaturizada en muchos de los empaques de pollo en mi país distan mucho de la verdadera cara que tienen los ejemplares en las granjas de cría, ni hablar de las vacas sonrientes que promocionan marcas de lácteos o de los peces que muestran risas entusiastas en las puertas de las pescaderías. Pero no hay protestas de ofendidos, y cómo haber, si son sólo garabatos sin vida.

En China aún se come carne de perro, pero nadie come a un “Bobby”, “White” o “Lady”, por qué? tienen nombre, no son más “perro”, a secas. Y nadie quiere ver la cara de su “White” o “Lady” en un menú. Si no me creen, hagan la prueba, compren una vaca, conejo, pollo, trucha -dependiendo de sus posibilidades- y hagan el bautizo. Con el nombre se gana, automáticamente, la condición de mascota, y se pierde la de potencial filete.

Manubrio emplumado

26 Ene

Un par de meses atrás vi a un hombre paseando a un ganso en un ajetreado hutong de la ciudad. Podría haber tomado una foto pero no me pareció cosa representativa de lo que puedes atestiguar en esta metrópoli. Parecía más un intento de llamar la atención -considerando que el lugar es de alto tráfico para extranjeros- que un legítimo esfuerzo de garantizar el ejercicio a su mascota.

La relación hombre-animal en China ha sido tema de bromas, protestas, críticas y kilos de artículos, notas y reportajes. Si tiramos la predisposición inicial que nos inunda cuando queremos hablar de las “costumbres asiáticas” creo que todo puede ajustarse contexto por medio. Lo que sí es innegable es que algunas postales chinesas sean llamativas -término diplomático- para nosotros, los occidentalizados dueños de poodles y pastores alemanes, criadores de periquitos australianos y compradores de acuarios con peces que no nos duran más de 3 meses.

El restaurante con dos loros encadenados en la puerta, los peces nadando en las peceras del supermercado o las tortugas cocinadas enteras en la sopa hacen parte del anecdotario. Pero también, podemos contar al perro con la chaqueta Adidas o al señor que saca pasear a sus pájaros en la bici. Sí, porque cómo ven en las fotos -malas de celular-, es posible pasear a los pájaros y pedaleando una bici.

Nótese: son cinco y no hay jaulas...

Vamos que me sorprendí con la situación, hasta que la racionalicé con la lógica del “en mi país esto no pasaría”, y claro que no pasaría, porque en mi país le robarían la bici y, muy probable, le secuestrarían a los pájaros.

Antigüedades del siglo 21

8 Dic

En la entrada del mercado algunos se anticipan a la venta y ofrecen cantidad de productos. Este señor vendía animales disecados en su carrito: varias gallinas y un perro volvían a casa tras no ser adquiridos por las mareas de clientes que cada fin de semana frecuentan el lugar buscando excentricidades

No comparto ni un poco ese gusto por la estética roja y dorada, con algunos trazos amarillos, que fomenta la China iconográfica en los extranjeros. Aunque he visto un par de buenos usos de esos muebles enormes, cuadrados y rebozantes de color en algunas salas de conocidos, no me siento tan confidente de incorporar una de estas piezas a mi casa.

Siendo más pragmática, decanto por las cosas más sencillas, con colores fuertes pero sin brillo de laca, y antes que antigüedades prefiero cosas de mi tiempo. Quizás porque sí creo en las energías de los objetos, o tal vez porque no creo en las historias de muebles que superan siglos sin ataques de termitas. Pero si algo tiene a favor la China contemporánea entre los turistas y expatriados es su antigüedad, y no son pocos quiénes intentan llevar a casa un poco de esos 5 mil años de historia y existencia.

El mercado de Panjiayuan es uno de los sitios para hacerse con antigüedades chinas en Pekín. Funciona a toda máquina los fines de semana. De lunes a viernes sólo abren algunas secciones. Desde las tempranas 5 de la mañana, vendedores de todos lugares abren las puertas de sus puestos o extienden sus mercancías en los pasillos del galpón al aire libre que es precedido por una cola de carros que va a dar hasta la avenida a poco más de un kilómetro de distancia.

En las afueras comienza la vendimia de jade, piedras, artículos de madera. Los hombres jugando mahjong en la acera le imprimen un ambiente aún más local a la escena.

Algunos vendedores exponen sus mercancías en el piso, en tanto que otros ocupan los casi 3 mil puestos registrados en las 5 hectáreas de feria

El mercado apenas cuenta 16 años de actividad en el sitio. Abarca unas 5 hectáreas y alberga a centenares de vendedores distribuidos por etapas en función de su mercaduría. Libros, cuadros, muebles, joyería, accesorios, artículos de masaje, espadas, cuchillos, recipientes de comida y cocina, jarrones e infinidad de pinturas están a la venta por precios no marcados que subirán o bajarán dependiendo de la fluidez de su mandarín y de su experiencia en negociación a la chinesa.

Réplicas idénticas de cuánta pintura famosa conoce o desconoce son ofertadas a precios módicos echando por tierra cualquier esperanza de antiquismo en el lado pictórico. Sin embargo, algunos esperanzados no tienen dudas sobre las fechas de aniversario de escaparates gigantescos o los clásicos jarrones esmaltados. Para otros todo es una mera farsa pero nadie tiene por qué saberlo en casa cuando le explican a la visita sobre el uso que la Dinastía Qing le daba a su armario.

El concepto de “pieza única” es desconocido entre los expositores. Por lo que rara vez encontrará algo que no se repita de un puesto a otro con frecuencia de producción frenética y masiva.

Pero hasta el más ávido y ateo puede errar en su tino al momento de distinguir falsificaciones sobre piezas artesanales. Un par de años atrás un amigo se aventuró a comprar unas pinturas en el Panjiayuan movido por el completo convencimiento de estar adquiriendo unos cuadros simpáticos y baratos, sin aspiraciones a poseer artículos de coleccionista.

Al iniciar su proceso de mudanza debió pasar una inspección oficial para garantizar que entre sus cosas no hubiese ningún objeto de valor histórico o patrimonial. Para su sorpresa, los menospreciados artes, de 30 dólares cada uno, no pasaron la revisión y debieron permanecer en el país por su valía. Será que, cuando de promesas de antigüedades se trata, toca desconfiar hasta de la autenticidad de las falsificaciones?