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Contra la publicidad engañosa

23 Feb

Es un debate que cada dos o tres meses vuelve a los diarios, casi como si fuera una noticia en pena. Perro: comer o pasear. El diario local Global Times publicó unos días atrás un reportaje a página completa sobre el dilema registrado en una comunidad donde uno de los residentes levantó una denuncia, no cuestionando la venta de carne de perro, sino que la valla publicitaria del restaurante empleara la imagen de un Golden Retriever para promocionar su plato de estación.

Casi como siempre suele ocurrir en estos casos debido a las particulares y voluptuosas características de la www china, algunos minutos y kilobytes después,  el asunto viró polémica.

El dueño del local no titubeó en argumentar que la carne con la que su personal prepara el hotpot canino no es de Golden Retriever alguno, sino de perros callejeros criados en granjas en el interior. El anuncio? añadió que fue diseñado por un equipo publicitario de forma autónoma.

Los locales consideran la carne de perro como un plato de particular valía en invierno porque – según los entendidos – contribuye al calentamiento corporal y a la ingesta de energía. El restaurante atacado oferta el plato sólo en las noches por un costo que ronda entre los 9 y 10 dólares el servicio.

El reportaje apunta que el dueño -quien aceptó modificar la publicidad “ofensiva”- no siente que sus ventas vayan a disminuir por la crítica, y en efecto contrario, uno de los comensales contó haber ido luego de ver el anuncio.

Innegable que, para quiénes pasamos de la carne de perro, la foto de un alegre y bonachón Golden Retriever puede resultar chocante en un restaurante, pero visto desde este punto de vista hasta parece un mero dilema publicitario. Un cómo vender el producto, en palabras simples.

Si echamos un ojo repararemos que la imagen caricaturizada en muchos de los empaques de pollo en mi país distan mucho de la verdadera cara que tienen los ejemplares en las granjas de cría, ni hablar de las vacas sonrientes que promocionan marcas de lácteos o de los peces que muestran risas entusiastas en las puertas de las pescaderías. Pero no hay protestas de ofendidos, y cómo haber, si son sólo garabatos sin vida.

En China aún se come carne de perro, pero nadie come a un “Bobby”, “White” o “Lady”, por qué? tienen nombre, no son más “perro”, a secas. Y nadie quiere ver la cara de su “White” o “Lady” en un menú. Si no me creen, hagan la prueba, compren una vaca, conejo, pollo, trucha -dependiendo de sus posibilidades- y hagan el bautizo. Con el nombre se gana, automáticamente, la condición de mascota, y se pierde la de potencial filete.

Hachi-ko’s Exit

2 May

La “Hachi-ko’s Exit” está debidamente señalizada dentro de la abarrotada estación de tren de Shibuya. Cercana a la zona de bares y de compras, es un punto de encuentro para una muchedumbre de jóvenes. Quizás uno de las muestras más evidentes de su multitudinaria concurrencia sea el cruce de Shibuya. Una suerte de homenaje a los peatones, el cruce paraliza al unísono  cuatro vías de automóviles y activa cinco congestionados pasos cebras simultáneamente durante un minuto.

Kaneto Shindô escribió el guión de “Hachi-ko monogatari”, película japonesa estrenada en 1987 cuya trama narraba la lealtad de un perro que esperó en una estación de tren durante una década a su dueño luego de que éste falleciera impartiendo clases en la Universidad de Tokio. En 2009, su guión fue la base del remake norteamericano de la historia, “Hachi: A dog’s tale”, sin final feliz a pesar de ser protagonizada por Richard Gere.

La historia transcurrió en 1924, cuando este perro Akita fue entregado a un profesor de la Universidad de Tokio. Durante un año el animal acompañó a su dueño hasta la estación de tren de Shibuya y luego volvía por él para ir a casa. Un día el profesor Hidesaburo Ueno murió de un derrame cerebral en medio de una clase y el animal fue regalado a otra persona en el distrito de Asakusa. El perro se escapó y eventualmente retornó a la plazoleta frente a la estación de tren.

Alimentado por los vecinos de la zona, se mantuvo año tras año frente a la estación. La historia circuló en un diario local en 1932, y dos años más tarde, junto a él fue colocada una estatua en su honor. Hachi-ko moriría un año después y sería enterrado al lado de su dueño. La estatua fue retirada en 1944 para fundirla y reutilizar el material en medio de las demandas bélicas del momento. Cuatro años después colocarían un nuevo monumento en la plazoleta.

La estatua de bronce de Hachi-ko en la salida de Shibuya. También existe una réplica del perro en el Museo Nacional de Naturaleza y Ciencia de Tokio en el Parque Ueno

Durante la ceremonia inaugural de la segunda estatua, una niña de tercer grado fue invitada a destaparla junto con otros chicos de varias escuelas internacionales. Ella, Atsuko Hajima, escribió en su pedestal “Perro fiel Hachi-ko”. Medio siglo después, entrevistada por el Japan Times, contaría que durante aquellos años su madre le diría que “si la paz continúa, la estatua nunca desaparecerá”. Acertada o no, lo cierto es que misturada entre las centenas de personas que día a día transitan la zona, la réplica de bronce de un Hachi-ko sentado, mirando al horizonte, con una oreja ligeramente caída, ha permanecido allí durante más de 60 años.