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Desplazarse

23 Mar

Parada de autobus en la avenida Guanghua de Pekín

En materia de transporte urbano, andar en Pekín tiene sus conveniencias, mas si antes se anduvo por Caracas, la caótica capital venezolana, como fue mi caso. Es un tema variopinto, no hay que dejar de lado que aquí, día a día, más de 20 millones de personas se mueven entre los cinco anillos que marcan a la ciudad desde Tiananmen hacia las afueras. Sentirse solo deriva en un asunto mental.

El sistema de metro cruza de este a oeste la ciudad y despliega sus ramales cual epidemia colorida sobre el circular mapa pequinés. Es una alternativa económica: sólo 2 RMB (0,32 USD) para concretar cualquier ruta, no importa la distancia. La excepción es el tren expreso hacia el aeropuerto que de ida o vuelta cuesta 25 RMB (3,97 USD). Vale la pena pagar puesto que el trecho que cubre sin paradas ni tránsito se pagaría en un taxi por no menos del doble.

El asunto está en los detalles. Conseguir un asiento en los vagones que cruzan la línea 1 del sistema es un desafío que exige rapidez, poca cortesía y un toque de sexto sentido para reconocer en miradas cansadas o ansiosas que la parada ha llegado y están próximos a levantarse. Siempre repleta de personas que todavía no entienden la ley básica del asunto: dejar salir para poder entrar. Es una máxima que los pasajeros van a intentar entrar mientras varios desesperados empujan por salir. Ya vi gente caer, golpeé y fui golpeada, y no, nadie se inmuta, es normal.

Las transferencias no son aptas para personas claustrofóbicas, mas si hablamos de horas pico cuando ni siquiera es posible tener un campo de visión despejado a un metro de distancia, “vacas al matadero” es una figura literal en esos momentos.

Un día, tarde para un encuentro, aproveché mis 20 minutos de metro -porque eso sí, un retraso es más improbable que una silla vacía a las 9 de la mañana- para maquillarme ligeramente. Mis compañeros de ruta me obsequiaron con miradas de total asombro, como si estuviesen en un capítulo de la dimensión desconocida viendo al hombrecito verde que come los cables del ala del avión. Reacción desmesurada podría yo pensar luego de ver a un niño de unos 3 años orinando en el piso del vagón sin despertar la menor curiosidad. La madre limpió el “desastre” con una toalla que volvió a colocar en su bolsa, y nadie paró de conversar, textear o jugar en los dispositivos táctiles.

El autobús no es de mis favoritos. Nada especial contra China, es sólo un asunto personal, hace años que tomé aprehensión contra los autobuses. Centenas de rutas cubiertas por autobuses dobles sacuden el pavimento de Pekín cada día. Ninguno vacío, ninguno sin pasajeros en las miles de paradas distribuidas por la ciudad. El 338, 441, 326, totales anónimos para mi distinguibles a distancia por un parlante que emite una melodía repetitiva de funcionario que pide hacerse a un lado. Choferes rápidos y furiosos. Siempre dudo que van a frenar, porque en Pekín “la derecha tiene vía libre” significa eso, libre, no hay que detenerse para ver a los lados ni frenar si un peatón cruza el rayado, es libre.

Los taxis son baratos. Los primeros tres kilómetros cuestan poco más de un dólar y con taximetro encendido resulta difícil no caer en la tentación. Es eso lo que ha hecho que cada día escaseen más y más, y siendo extranjero, algunos choferes seguirán de largo aunque pongas cara de gato con botas. El tráfico tampoco es motivante. Miles de carros han salido a las calles a diario en los últimos años. Algunas trancas e incomprensiones de un país que aprende a manejar pueden dificultar aún más la situación.

Mototaxis? los tenemos. No son propiamente motos, pero si taxis. Mini carritos de metal que no dan abasto para más de dos personas avanzan en medio de bicicletas y motos, y los más osados, entre carros y autobuses. Una vez más se impone la regla de la economía básica en estos lares: cara de laowai (extranjero) y pagas más. Pero ver la cara de conductores invadidos por la frustración mientras tú te mueves a una velocidad nada despreciable de 40 kilómetros por hora es de esas cosas que no tienen precio, cierto? Para todo lo demás existe… una bicicleta, de preferencia con motor.

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En taxi por la ciudad

15 Ago

Los taxímetros comparten el tablero con la tarjeta de identificación del chofer

Personalmente difiero de todos los que me dijeron que en China “tooooooooodo es barato”. Durante lo que va de mi estadía, concluyo que mantener el estilo de vida occidental no es nada económico, incluso en comparación con mi devaluada Venezuela.

Lo que me parece innegablemente rentable y práctico es el servicio de taxi. En su gran mayoría, todos están pintados y rotulados. Algunos, los piratas, también llevan rótulos, pero fijan precios personales, así que no son muy convenientes. Según supe, algunas personas recurren a éste trabajo, uno o dos días a la semana, para sacarle provecho a la inversión y cubrir sus gastos: aquí la gasolina no es más barata que el agua.

Si usted está a la espera de un vehículo, es posible identificar si está disponible gracias a la luz roja ubicada a la altura del retrovisor principal. Por supuesto que emplean taxímetro, como en las ciudades razonables del mundo. Que cosa más ajena para nosotros.

El pasajero no sólo puede ir chequeando el avance del precio, sino que, además, todas las unidades tienen en el tablero una tarjeta de identidad del conductor –que luce bien distinto en la fulana foto- y las insignias de ley.

Es fácil pensar para quiénes venimos de países abarrotados de vivos-bobos que, a cuenta de turistas, el “shifú” (algo así como ‘maestro’ en chino) nos va a dar un city tour sólo para tumbarnos unas monedas de más, pero no, al parecer eso no es posible, y no necesariamente por la honestidad o rectitud asiática, sino porque las unidades están monitoreadas.

Así, si un chofer toma una ruta más extensa injustificadamente, puede resultar amonestado por la compañía, gracias al registro satelital que lleva de los carros.

Pero por razones de tráfico, es válido consultar al cliente para seguir un atajo, y de ser el caso pedirá estampar la firma en el recibo para comprobar que el viro fue acordado. Claro, si el usuario no habla chino, no es una opción.

Las facturas (“fapiao” en chino) emitidas tienen en detalle la fecha, hora, distancia del recorrido en millas, precio unitario y total. Todo taxi arranca con 10 yuanes durante el día y 11 en la noche. Al precio total de pantalla hay que agregarle otro yuan que el chofer le justificará con un ticket aparte.

Y para quienes creían que con inglés pueden rodar por estas vías, les cuento que los conductores de casualidad dicen “bye bye”, pero existen herramientas tecnológicas que han simplificado este problema. Una de ellas es el servicio teléfono Guanxi que suministra, en segundos, direcciones en inglés y en caracteres con el envío de un mensaje de texto.

También existe Beijing Taxi Driver, una aplicación para IPod –ya a la venta en formato físico en las librerías-  que almacena los datos de centenares de sitios de la capital. Si su destino está en la base de datos, la aplicación desplegará una tarjeta en caracteres, y listo!

De lo que no lo salvará la tecnología ni la organización en esta ciudad es de lo mal que manejan. Si Caracas es la ciudad de los rápidos y furiosos, ésta es la de los lentos y torpes.