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Lugares ni tan comunes

7 Feb

El punto 7 del recorrido es, según la guía de audio, el que ofrece la panorámica más atractiva de todo el recorrido. Muy cerca de la casa de té y también de la antigua zona de caza de patos

Es un lugar común, un cliché que llaman, hablar de los espacios verdes que sirven de pulmones a las junglas de asfalto por las cuales transitamos nowadays. Lo es más aquella foto contraste que muestra los enormes edificios despuntar detrás de árboles que parecen pertenecer a otro paisaje. Pero es una pena que estos lugares comunes no sean tan comunes en nuestras urbes.

Los jardines de Hamarikyu en las orillas del río Sumida en Tokio son uno de estos lugares comunes que garantizan un recoveco verde en medio de los edificios de vértigo obligatorios en una metrópoli carente de espacio.

Quiénes tienen oportunidad de visitar la capital japonesa deberían dedicar unas dos horas para recorrer los senderos de lo que tres siglos atrás fuera una villa familiar. Está cerca del mercado Tsukiji, por lo que podría ser el complemento ideal luego de haber madrugado para asistir a la esquizofrénica actividad que exige la venta y distribución de toneladas de frutos del mar.

Aún sin tomar el paseo por la bahía en bote, el muelle ofrece una caminata tranquila junto al mar

La entrada al parque es paga, como también el guía de audio, pero la visita guiada dista mucho en potencial de aquella a ciegas, o a sordas. Un árbol que ha atestiguado todos los devenires de la villa durante estos tres siglos da la bienvenida en el recorrido que entre verdes, colores y graznidos de cuervos irá llevando hasta el muelle de donde es posible iniciar un paseo por la bahía.

El silencio, los olores y las vistas desde varios ángulos del parque justifican el paseo, pero para quiénes requieran de más inmersión cultural, está la casa de té Nakashima donde podrán hacer un break (en el tiempo) con una té verde y una pequeña torta, también de té verde.

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Pets Ok

1 Feb
Imagen

Aviso dispuesto en buena parte de las tiendas de uno de los complejos comerciales y artísticos más importantes de Tokio, el Roppongi Hills ubicado en el distrito Minato

Acuario conceptual

12 Ago

Puedo parecer monotemática, pero cierro la semana con la panorámica de Tokio atiborrada de peces payaso. El montaje era parte del acuario instalado en días pasados en la Torre Mori del Roppongi Hills

Uno de los bichos más extraños que ya vi. Una de las particularidades del pequeño acuario era el juego de luces que variaba minuto a minuto y daba sensación de un fondo del mar psicodélico

El cierre de la muestra era una sala centrada por medusas y bordeada por salamandras que llevaba por nombre "El comienzo de la vida"

Medusas psicodélicas!

Tokio desde las alturas

5 Ago

Desde la azotea de la Torre Mori en Roppongi Hills es posible tener una visión 360 de la ciudad. En el piso 53 también hay entretenimiento con el Museo de Arte Mori y las tiendas temáticas

Panorámica desde la cima de la Torre Mori en el centro comercial Roppongi Hills. En total son 54 pisos hasta llegar a la azotea del edificio. Vale la pena observar el atardecer siempre y cuando las condiciones climáticas lo permitan

Visual desde el mirador norte del Edifico de Gobierno Metropolitano. En días despejados, desde este punto es posible avistar la cima del Monte Fuji. A 45 pisos de altura, un elevador lo transportará en apenas 55 segundos.

Al fondo la réplica de la torre Eiffel y la ciudad iluminada por completo. En el piso 52 de la Torre Mori también hay otro mirador pero sólo puede avistarse la ciudad a través de inmensos ventanales. Los cafés y las bebidas están a la orden allí

Una mañana en Tsukiji

4 Ago

Imagen común a lo largo del mercado. Tripas y sangre están a la orden del día, pero todo permanece tan impecable que, en realidad, uno nunca termina viéndolas

En francés. Ni inglés, ni español. Fue en francés que un vendedor de pescados intentó responder alguna pregunta mientras yo curioseaba por vez primera en el Mercado de peces de Tsukiji en Tokio. Conversó sobre la poca incidencia que habían tenido en la actividad de este enorme centro de ventas el terremoto, tsunami y el consecuente accidente nuclear que amenazó con contaminar parte de la costa norte japonesa.

El mercado de Tsukiji está entre la lista de los más grandes del mundo en su género. Desde allí cada mañana se despachan dos mil toneladas de productos del mar. Es accesible por metro, y una vez en la estación de Tsukiji -en la línea gris o Hibiya- sólo hace falta seguir el olor a pez y los carteles de sushi para llegar a él.

Funciona desde hace 76 años, y quien sabe como se volvió una atracción turística, pero lo cierto es que lo es. Decenas de foráneos incluyen el lugar entre su itinerario de visitas en Tokio al punto que los operarios del mercado prohibieron recorrer sus entrañas antes de las 9 de la mañana para evitar interferencias con el agitado movimiento de recibo, preparación y despacho. Ciertamente es en esas primeras horas cuándo realmente ocurre todo un circuito de actividades digno de asistir.

Entre las principales convocatorias tácitas de Tsukiji está la, ya famosa, subasta de atunes. No es un pez cualquiera, los especímenes llegan hasta los 300 kilos. Ver uno de estos gigantes distribuido en partes en los congeladores es imagen común en el mercado, pero la subasta es tan peculiar que, en la práctica, exige otra subasta implícita para poder estar entre los 120 afortunados que son recibidos día a día para observar el proceso con ojos de turista.

Los atunes listos para la subasta. Sólo 120 personas por día pueden entrar al lugar y observar desde un área segura como se decide el futuro de estos enormes pescados (Foto tomada de http://www.japan-guide.com)

Sólo apuestan compradores registrados y los visitantes deben permanecer en un área establecida para su banal propósito. Por temporadas esta incómoda presencia ha sido vetada en aras de facilitar las cosas a quienes están allí por deber y no por placer. Luego del terremoto de este año, un cartel permanece en la entrada del mercado: La subasta de atún está prohibida para visitantes, quiénes además, de preferencia, deben abstenerse de visitar el mercado.

Tras el terremoto, la recomendación fue de no asistir al mercado con fines turísticos y se prohibió la visita a la conocida subasta de atún que se hace cada mañana en el lugar

En efecto, al pulular por los estrechos pasillos de la parte interior del Tsukiji Market notará que los ojos de trabajadores y empleados no miran con beneplácito. Comprensible, después de todo, siendo un mercado, nadie quiere turistas sino compradores. Las miradas no pasan de inofensivas, contrario a los carritos que transportan de un recoveco a otro las cajas de anime contentivas de alimento. No avisan, no cornetean, no paran. Si no voltea a los lados puede ocasionar una real intrusión en la vida de estos conductores que, a las prisas, cumplen sus urgentes envíos. Recuerden que se trata de pescado señores, todo debe ser rápido.

La actividad en el lugar comienza a las 3 de la mañana. La vida de la pesca es tempranera, por lo que a las 11 de la mañana no quedará mucho para ver, excepto decenas de operarios limpiando vitrinas, cajas y utensilios. El olor a pez -cuasi embriagante para quiénes ya moraron en las cercanías de un puerto- parece un aromatizante, reforzado por el sonido de las gaviotas, en medio de tanta organización y limpieza. Puede impresionar la rapidez con que todo es depositado en cajas de anime y nada cae ni está ubicado en lugares impropios. Puede impresionar, repito, porque estamos hablando de un lugar donde el fuerte son productos del mar y muertos.

Los carros, como ese verde al fondo, rondan todos los pasillos rápidos y furiosos. Distribuyen las cargas entre los vendedores y despachadores. Es preciso estar atento durante el recorrido para no irrumpir en su camino

En la parte externa del mercado, donde los turistas son más invitados a pasear, puede hacerse con utensilios para cocina, botas de caucho o platos, vasos y tazones de cerámica con motivos diferentes, así como la platillera básica para servir una buena cena de sushi en casa, si tiene al chef, claro. Si no, lo mejor es sentarse a almorzar en alguno de los disputados pequeños y tradicionales restaurantes instalados en medio de esta zona del mercado.

Si necesitaba un cepillo para escamas, llegó al lugar adecuado, si no, pasear por la parte externa del mercado no le vendrá mal

Por razones obvias, ofrecen el pescado más fresco todos los días, y si tiene debilidad -como yo- por todo lo que sale del mar, le será difícil decidir entre las variedades que ofrecen entre sushi y sashimi. Sentarse en la barra y observar la preparación ya vale el dinero, que no es poco. La comida en Tsukiji no decepciona, el ambiente menos.

Sushi dai está en la vía que sigue desde la entrada cercana al metro, en línea recta, hacia el mercado interno. Un set de sushi puede rondar los 30 dólares pero la experiencia de verlo en preparación es, apenas, un aperitivo para la delicia que resulta el almuerzo (Foto tomada de http://www.ededition.com)

El costoso veneno del pez globo

3 Ago

Es posible probar la carne sin correr riesgos, pero para que la anécdota impresione a oyentes y la experiencia sea autóctona, el sashimi de pez globo es un imprescindible de Tokio

No se trata sólo de un asunto monetario. Para cada vez menos, ha sido el último bocado; para algunos cuántos, una anécdota destacable; para otros, fuente de reconocido y especializado trabajo; para Japón, una tradición culinaria inimitable.

El pez globo no es muy agraciado físicamente. Tiene ojos brincones y boca burlona. Carece de escamas y en su lugar figuran espinas. Una suerte de diente se asoma con falsa inocencia. Es la primera parte de su cuerpo que pierde al ser pescado. Su rasgo más famoso -y que le da nombre- es el de hincharse al sentirse amenazado o atacado.

Si bien nunca ganaría un reinado de belleza marino, es tan anhelado en un plato que servido en la mesa puede costar más de 300 dólares. Buena parte de los peces globo -conocidos como fugu en Japón- que se comercializan en Japón provienen del puerto de Shimonoseki, al sur del país. Durante la época de pesca, los locales envían centenas de estos valiosos ejemplares a los restaurantes que pueden ofrecer el manjar.

No es un asunto fácil. Su alto precio no está determinado sólo por tratarse de una especie, cada día, menos abundante ni por lo corta que resulta la temporada de pesca. Es su veneno, principalmente alojado en las vísceras, lo que lo vuelve irresistible. Dicen los entendidos que el animal tiene suficiente tetrodotoxina en sus entrañas como para matar a una quincena de personas. El tema no es fácil de manejar, por lo que cualquier error en el corte del pez contaminará mortalmente toda la carne y la inhabilitará para el consumo.

Es por ello que “Vivo” sea quizás el adjetivo que caracteriza el proceso de captura-preparación-servido del pez globo.  Trasladado vivo hacia los restaurantes, es conservado en peceras hasta el momento del encargo. Algunos chefs incluso pueden mostrar a los clientes su look hinchado al tomarlo para la preparación, reacción adecuada puesto que en ese momento el pez tiene razones de sobra para sentirse amenazado.

El destazado del pez es, lo menos, una exhibición. Durante toda la fase el animal continúa respirando, incluso al ser finalmente servido, en algunos casos es posible ver algún ligero espasmo. Todo es rápido y preciso. Para el minuto que toma la acción, un chef debió prepararse por cinco años. Manipular esta especie sin licencia desde 1983 es casi siempre motivo de cárcel, y para el imprudente comensal, casi siempre de muerte.

Aún cuando los cortes se han hecho con la exactitud debida, produce un ligero adormecimiento de la lengua y los labios al momento de masticarlo debido a que concentra mínimas e inofensivas cantidades de la neurotoxina en su carne. Generalmente es servido crudo, aunque también puede cocinarse con la salvedad clara de que pasarlo por el fogón no afecta su carga química.

Ante la pregunta de si comí, sólo me resta decir que mi presupuesto no incluye una cena de 300 dólares, pero sí unos bocados de pez globo en el mercado de peces de Tsukiji en Tokio. No hay sensación alguna y el costo es considerablemente inferior. Al parecer la especie criada en espacios domésticos no desarrolla la neurotoxina por lo que su consumo es carente de aventura, peligro y carestía.

La salsa de Tokio

26 Jul

Imagen del bar de música bailable que ya cuenta 14 años sonando en Tokio

Soy una salsera tardía. Como cualquier adolescente que se precie, tuve mis momentos sectarios con la música hasta que -consecuentemente con lo que todos mis tíos predijeron- terminé abdicando en mi terquedad anglosajona y aprendí a bailar. Mis años en Caracas nutrieron este capricho caribeño, tanto que sólo a 15 mil kilómetros de distancia vine a notar que no escucho unos tambores en el Mp3 de forma alguna, para mí era tan frecuente oír salsa por doquier que nunca llegué a sentir nostalgias de ritmos bailables como para sintonizarlos en casa.

Asia es otra cosa, pero otra cosa que no escapa de la salsa. En cualquier capital hay al menos un reducto dedicado a la cadencia que ha contagiado almas y caderas durante décadas. Será que nos gusta decir “salsa” como afirmaba Jerry Seinfeld en un capítulo de aquél viejo sitcom acerca de nada, o que es muy difícil resistir a la voracidad de una buena percusión.

Yo decanto por la segunda. Eso puede explicar cómo, teniendo apenas tres días en Tokio, una noche fue destinada para visitar el recomendado Salsa Sudada. Situado en una de las callejuelas de Roppongi, distrito conocido por su oferta en comida, bares y vida nocturna, no es tan fácil llegar dirección en mano.

Si pregunta a alguno de los promotores que pululan en las inmediaciones de la estación de metro que lleva el mismo nombre del barrio, es más probable que le inviten a otros lugares a que le indiquen las coordinadas. Por suerte, “es más probable” y no “completamente seguro”, así que algún alma caritativa le dará las señas, no sin antes recomendarle ampliar su perspectiva y visitar otros establecimientos.

Debajo de un bar de deportes, con una entrada poco sugestiva, y con un hola de por medio, encontrará la entrada de este bar que ya contó 14 veranos en la capital nipona. Vamos que es un hecho que luego de lidiar el día entero con un inglés maltrecho, decenas de “arigato” acompañados de reverencias, y la clásica sonrisa de no-entiendo-una-palabra, escuchar un “hola” te lleva psicológicamente a un estado de comodidad irrefutable.

Paga entrada, a cambio un trago. Tal como en otros bares de salsa que he visitado por estos senderos, la selección musical encaja en esas etiquetas “latina” o “caribeña” que nacieron, años atrás, para enamorar a un público internacional en Estados Unidos. El asunto bien podría resumirse en “cualquier cosa que te haga mover la cadera”.

Los japoneses parecen tener menos gracia para el baile que los chinos, pero es una mera observación de un par de noches de tragos. Alguien explicó este fenómeno diciendo que los chinos tenían más facilidad para repetir a la perfección las indicaciones, pero carezco de autoridad para dar explicaciones antropológicas al respecto.

Todo mundo ríe, no falta la camisa de cayenas acompañada con la boina blanca y los pantalones caqui de aquél que quizás creció viendo Miami Vice y pensando en ese impuesto estereotipo del Caribe que va de flores y colores intensos. Tampoco falta la chica que cree que mientras más retuerza las caderas -sin ritmo alguno- más acertada está, como también están presentes los estudiantes fajados de la clase de salsa casino que nos hacen sentir a los caribeños que algo nos hemos perdido a lo largo del camino.

Un risueño tokiota se acerca a nuestra mesa. Trata de decir alguna cosa pero los grados de alcohol en su organismo traban aún más su carente inglés. Mas, estamos en los tiempos de la tecnología, de la vida virtual, de la comunicación que no para. Toma su celular touch y comienza a digitar trazos. La máquina nos traduce en tiempo real: “Noiva?“.

Increíble, el hombre en apenas dos segundos consiguió un diccionario japonés-portugués y está preguntando si somos pareja. Pide unas cervezas para brindar, y continúa escribiendo, palabra tras palabra.

Diversão… felicidad… alegria … todos… dançar … muito prazer … obrigado…

No para de sonreír y de intentar transmitirnos emoción. Siendo de Suramérica, para él es inaceptable que permanezcamos en la mesa en lugar de saltar a la pista. Nos presenta a un amigo. Un chico en apariencia mayor que se defiende en portugués o español dependiendo al lado que mire. Un japonés que vivió en Caracas y Brasil, con recuerdos del metro caraqueño y de Oscar D’León. Sale a bailar y las caderas le responden a ritmo de samba, en tanto que los pies acompañan a Marc Anthony y su “Valió la pena”.

Luego de resumir su experiencia personal, con todas las reverencias y solicitudes de cortesía del caso, me pide acompañarlo en una canción. No quería pero aplicó la estrategia del “no he querido molestar” -con cara de ofendido y herido. En otros países valdría un nabo, pero en Japón, con tanta educación, uno siente hasta cargo de conciencia de despreciar alguna cosa.

Fui. Di más vueltas que en una montaña rusa. Sólo vueltas y vueltas y más vueltas. Quiénes me conocen saben que las vueltas no son mi especialidad, así que pueden reír sin parar recreando la escena. Tres minutos y medio más tarde, yo no podía caminar en línea recta. Completamente mareada y muerta de risa, le escuchaba decir con un dejo de orgullo:

Aquí hay que dar vueltas, a la gente le gusta dar vueltas.

En efecto, yo quería dar una vuelta: la vuelta a la mesa.

El diálogo auspiciado por el diccionario digital del celular touch continuaba en el mismo orden de ideas. Nuestra noche estaba por terminar, en tanto que llegaba otro personaje a la escena: la niña que se sabe todas las coreografías y más que bailar, hace un performance cual aspirante a cantante de banda de merengue.

La última pieza de la noche fue la ya legendaria “Llorando se fue” que marcó la época de la Lambada. Estando en un bar de salsa en Tokio, tomando cerveza mexicana y hablando portugués con un japonés, abrazamos esas licencias que nos da la globalización para despedir la noche caribeña bailando, a paso de samba, esa sonada canción originaria de Bolivia.