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Una mañana cualquiera

22 May

Salí de la universidad algunos años atrás, los suficientes como para haber olvidado cuanto odiaba levantarme temprano y correr con la taza de café en la mano porque, para variar, iba tarde. Siempre fui tarde, al liceo, a la facultad, a la graduación y hasta al matrimonio. Sólo se salvó la primera etapa de mi educación por la estricta intervención de mi madre (quien si leyera estas líneas seguro diría “tú siempre impuntual”).

Por qué iba a ser diferente ahora? Lo fue, mi primera semana en la universidad estaba tan impresionada con que fuese un hecho que iba a estudiar con caracteres que salía de casa temprano, o más bien a tiempo, y llegaba justo detrás de la profesora. La segunda semana la cosa mudó un poco, y señores, ahora que faltan cinco semanas para terminar el semestre, estoy 15 minutos atrás en el reloj.

Como todo quien tiene hábitos incorregibles, prometo que mañana intento madrugar. Mañana porque hoy me tomé el café de un sorbo, y comí un sándwich corriendo de un lado a otro en la casa. Todos los días la misma rutina antecede a mi carrera de 50 metros planos hasta la estación de metro.

Ya aprendí a sortear con rápidez la máquina de rayos x que escanea los bolsos. Tarea ardua porque siempre hay una veintena de personas en lo mismo, y fila es un concepto que aún no cala en estas tierras no importa que aquí se vanaglorian de tener 5 mil años de civilización.

Al principio dejaba pasar uno y otro tren porque ni el aire entraba en los vagones. Ahora desarrollé una estrategia, eso o pasar media hora en un andén esperando por algo que no llega. El truco está en ir a la puerta del último vagón, y una vez que se abra, ignorar lo que tus ojos y el sentido común indican: cuando crees que no entraría nada más allí debes tomar impulso, abrazar el bolso y entrar al vagón presionando por tu vida. Como por arte de magia las personas se mueven un centímetro y habrás ganado un puesto. Claro mueres de calor, el olor es imposible de describir y, en resumen, te sentirás como una calcomanía de la puerta. Detalle importante, en la próxima estación debes tener equilibrio y control para que, una vez las puertas se abran, consigas hacerte a un lado y no te lleve la marea de personas.

Todos los días lo mismo. He desarrollado un nivel de pericia tal que en estas circunstancias consigo hacer las tareas que tengo pendientes o leer un libro. Hoy mientras escribía mi set de oraciones en pasivo (tipo “mi perro fue llevado por mi a caminar”) desvié mi vista hacia un hombro vecino. Era una chica que estaba en mis mismas circunstancias, haciendo tareas de última hora, sólo que al parecer ella estudiaba inglés. Cuando eché un indiscreto vistazo a su set de oraciones palidecí. Mientras yo completaba “esta ropa fue lavada por mi”, ella repasaba su “El Gobierno garantiza nuestros derechos civiles”.

Sé decir y escribir perro, tomate, carne, Beijing, Venezuela (es bien difícil ésta) y hasta fútbol, pero Gobierno y derechos civiles no están en mi vocabulario. Antes de desmoralizarme por completo, traté de consolarme pensando que -aplicando criterios prácticos- en la China contemporánea me es más útil saber decir “tomate” que “Gobierno”, y “carne que “derechos civiles”.

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Ah, es conmigo

1 Mar

Kekoukele o "sabrosa y divertida", así es la Coca Cola en China

Ya escuché a alguien decir que una de las ventajas de vivir en China es que puedes volver a bautizarte. El asunto va más allá de aquella transformación que muchos sufren al mudarse a un país donde nadie nunca escuchó de ellos. Este completo anonimato es, para algunos, un sinónimo de “volver a nacer” o de “reinvención”. En China, debido a la diferencia fonética y escrita que supone el mandarín, toca, además, “achinesar” la identidad. El mismo proceso funciona, a la inversa, para quiénes han ido a morar en nuestras latitudes.

Este sencillo detalle te traduce para los locales. Aquí nadie se salva, si quieres rodar en la boca de los nacionales, tienes que producirte en mandarín. No es un asunto sencillo. Existen empresas dedicadas a confeccionar identidades chinas para las grandes marcas internacionales que quieren incursionar en este mercado. La clave es juntar los caracteres de forma que el resultado suene parecido a la identidad de pila y que, a la vez, tenga un buen significado para adentrarse en la voluntad de los consumidores. Se habla de Coca-Cola como un ejemplo exitoso: no sólo su traducción suena muy similar sino que además es la bebida “sabrosa y divertida”.

En la vida cotidiana, muchos extranjeros no se complican a más y sólo hacen la traducción fonética, en tanto que otros si juegan un poco más con su nueva identidad. También hay quiénes optan por sustantivos simpáticos como “mariposa”, “flor” o “gato volador”. Yo? no fui de nada. Me quedé tan Paula como siempre fui, y nunca me fue muy necesaria la transformación. Pero nunca hay nuncas y, cuando me inscribí en la Universidad unos días atrás, la funcionaria exigió un nombre en caracteres para completar el trámite. Pedí asemejar el asunto lo más posible sin mucha creatividad y pasé a llamarme “Baola”, que pronunciado de otra forma puede entenderse como “estoy lleno”. Fácil.

El primer día de clases resultó que -por increíble que parezca- otra Paula, venezolana, estaba inscrita en la institución, y la funcionaria sugirió un cambio inmediato de nombre para evitar confusiones. Imposibilitada a hacer algo productivo con mis apellidos, negada a llamarme “conejo” o “árbol bonito” y presionada por la fila de gente que esperaba tras de mi para arreglar otros asuntos, acepté un experimento que intenta -de forma poco exitosa- parecerse a mi segundo nombre.

No sólo no tenía idea de cómo me llamaba cuando entré a mi salón de clases, sino que mucho menos sabía escribirlo. Y claro, recuerdan sus primeros días de clase en cualquier lugar? toca presentarse a la clase, no es? He pasado algunos escenarios graciosos en estos años, pero pararme frente a un grupo de adultos y preguntarle a una completa desconocida -mi profesora- “cómo es que me llamo?” clasifica, de lejos, para el top ten de mis situaciones absurdas.

Como quien cambió el tono de su celular y no contesta las llamadas con rapidez porque no reconoce la música, así me quedo yo cada vez que toman la lista. En blanco, cuando algún compañero de clases se acerca a hablarme, y casi fingiendo demencia cuando me piden leer o responder preguntas. No puedo evitar quedar unos segundos sin entender qué pasa hasta que recuerdo y capto que, en efecto, es conmigo.

Pero todo tiene dos lados, y éste no es excepcional. El positivo? ya aprendí a trazar los tres caracteres que me identifican en el mundo escolar. El negativo? después de tanto esfuerzo, la certificación al final del año se la va a llevar otra que no soy yo.