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Lugares ni tan comunes

7 Feb

El punto 7 del recorrido es, según la guía de audio, el que ofrece la panorámica más atractiva de todo el recorrido. Muy cerca de la casa de té y también de la antigua zona de caza de patos

Es un lugar común, un cliché que llaman, hablar de los espacios verdes que sirven de pulmones a las junglas de asfalto por las cuales transitamos nowadays. Lo es más aquella foto contraste que muestra los enormes edificios despuntar detrás de árboles que parecen pertenecer a otro paisaje. Pero es una pena que estos lugares comunes no sean tan comunes en nuestras urbes.

Los jardines de Hamarikyu en las orillas del río Sumida en Tokio son uno de estos lugares comunes que garantizan un recoveco verde en medio de los edificios de vértigo obligatorios en una metrópoli carente de espacio.

Quiénes tienen oportunidad de visitar la capital japonesa deberían dedicar unas dos horas para recorrer los senderos de lo que tres siglos atrás fuera una villa familiar. Está cerca del mercado Tsukiji, por lo que podría ser el complemento ideal luego de haber madrugado para asistir a la esquizofrénica actividad que exige la venta y distribución de toneladas de frutos del mar.

Aún sin tomar el paseo por la bahía en bote, el muelle ofrece una caminata tranquila junto al mar

La entrada al parque es paga, como también el guía de audio, pero la visita guiada dista mucho en potencial de aquella a ciegas, o a sordas. Un árbol que ha atestiguado todos los devenires de la villa durante estos tres siglos da la bienvenida en el recorrido que entre verdes, colores y graznidos de cuervos irá llevando hasta el muelle de donde es posible iniciar un paseo por la bahía.

El silencio, los olores y las vistas desde varios ángulos del parque justifican el paseo, pero para quiénes requieran de más inmersión cultural, está la casa de té Nakashima donde podrán hacer un break (en el tiempo) con una té verde y una pequeña torta, también de té verde.

Una mañana en Tsukiji

4 Ago

Imagen común a lo largo del mercado. Tripas y sangre están a la orden del día, pero todo permanece tan impecable que, en realidad, uno nunca termina viéndolas

En francés. Ni inglés, ni español. Fue en francés que un vendedor de pescados intentó responder alguna pregunta mientras yo curioseaba por vez primera en el Mercado de peces de Tsukiji en Tokio. Conversó sobre la poca incidencia que habían tenido en la actividad de este enorme centro de ventas el terremoto, tsunami y el consecuente accidente nuclear que amenazó con contaminar parte de la costa norte japonesa.

El mercado de Tsukiji está entre la lista de los más grandes del mundo en su género. Desde allí cada mañana se despachan dos mil toneladas de productos del mar. Es accesible por metro, y una vez en la estación de Tsukiji -en la línea gris o Hibiya- sólo hace falta seguir el olor a pez y los carteles de sushi para llegar a él.

Funciona desde hace 76 años, y quien sabe como se volvió una atracción turística, pero lo cierto es que lo es. Decenas de foráneos incluyen el lugar entre su itinerario de visitas en Tokio al punto que los operarios del mercado prohibieron recorrer sus entrañas antes de las 9 de la mañana para evitar interferencias con el agitado movimiento de recibo, preparación y despacho. Ciertamente es en esas primeras horas cuándo realmente ocurre todo un circuito de actividades digno de asistir.

Entre las principales convocatorias tácitas de Tsukiji está la, ya famosa, subasta de atunes. No es un pez cualquiera, los especímenes llegan hasta los 300 kilos. Ver uno de estos gigantes distribuido en partes en los congeladores es imagen común en el mercado, pero la subasta es tan peculiar que, en la práctica, exige otra subasta implícita para poder estar entre los 120 afortunados que son recibidos día a día para observar el proceso con ojos de turista.

Los atunes listos para la subasta. Sólo 120 personas por día pueden entrar al lugar y observar desde un área segura como se decide el futuro de estos enormes pescados (Foto tomada de http://www.japan-guide.com)

Sólo apuestan compradores registrados y los visitantes deben permanecer en un área establecida para su banal propósito. Por temporadas esta incómoda presencia ha sido vetada en aras de facilitar las cosas a quienes están allí por deber y no por placer. Luego del terremoto de este año, un cartel permanece en la entrada del mercado: La subasta de atún está prohibida para visitantes, quiénes además, de preferencia, deben abstenerse de visitar el mercado.

Tras el terremoto, la recomendación fue de no asistir al mercado con fines turísticos y se prohibió la visita a la conocida subasta de atún que se hace cada mañana en el lugar

En efecto, al pulular por los estrechos pasillos de la parte interior del Tsukiji Market notará que los ojos de trabajadores y empleados no miran con beneplácito. Comprensible, después de todo, siendo un mercado, nadie quiere turistas sino compradores. Las miradas no pasan de inofensivas, contrario a los carritos que transportan de un recoveco a otro las cajas de anime contentivas de alimento. No avisan, no cornetean, no paran. Si no voltea a los lados puede ocasionar una real intrusión en la vida de estos conductores que, a las prisas, cumplen sus urgentes envíos. Recuerden que se trata de pescado señores, todo debe ser rápido.

La actividad en el lugar comienza a las 3 de la mañana. La vida de la pesca es tempranera, por lo que a las 11 de la mañana no quedará mucho para ver, excepto decenas de operarios limpiando vitrinas, cajas y utensilios. El olor a pez -cuasi embriagante para quiénes ya moraron en las cercanías de un puerto- parece un aromatizante, reforzado por el sonido de las gaviotas, en medio de tanta organización y limpieza. Puede impresionar la rapidez con que todo es depositado en cajas de anime y nada cae ni está ubicado en lugares impropios. Puede impresionar, repito, porque estamos hablando de un lugar donde el fuerte son productos del mar y muertos.

Los carros, como ese verde al fondo, rondan todos los pasillos rápidos y furiosos. Distribuyen las cargas entre los vendedores y despachadores. Es preciso estar atento durante el recorrido para no irrumpir en su camino

En la parte externa del mercado, donde los turistas son más invitados a pasear, puede hacerse con utensilios para cocina, botas de caucho o platos, vasos y tazones de cerámica con motivos diferentes, así como la platillera básica para servir una buena cena de sushi en casa, si tiene al chef, claro. Si no, lo mejor es sentarse a almorzar en alguno de los disputados pequeños y tradicionales restaurantes instalados en medio de esta zona del mercado.

Si necesitaba un cepillo para escamas, llegó al lugar adecuado, si no, pasear por la parte externa del mercado no le vendrá mal

Por razones obvias, ofrecen el pescado más fresco todos los días, y si tiene debilidad -como yo- por todo lo que sale del mar, le será difícil decidir entre las variedades que ofrecen entre sushi y sashimi. Sentarse en la barra y observar la preparación ya vale el dinero, que no es poco. La comida en Tsukiji no decepciona, el ambiente menos.

Sushi dai está en la vía que sigue desde la entrada cercana al metro, en línea recta, hacia el mercado interno. Un set de sushi puede rondar los 30 dólares pero la experiencia de verlo en preparación es, apenas, un aperitivo para la delicia que resulta el almuerzo (Foto tomada de http://www.ededition.com)

Shanghai en tres postales

20 Jun

Los locales abarrotan las mesas de la plaza para batir una intensa partida de cartas. Escena clásica de los parques citadinos de China

“Sobre el mar” es la traducción literal de “Shanghai”. La mundialmente conocida como la capital económica de China tiene un pasado de ires y venires narrado en inglés, francés, japonés y mandarín.  Quizás son sus rastros históricos, su imparable afluencia de extranjeros, o ambas cosas, lo que le ha tatuado en el rostro esa facción especialmente cosmopolita que brota como primer rasgo en lo que ya va pareciendo una comparación obligatoria frente a Pekín.

Opiniones aparte, es una ciudad para caminar. Creo que le cabría perfecto ese “hen hao kan” en mandarín que significa “agradable a la vista”, porque es exactamente eso, agradable a la vista. Este par de líneas no deben tomarse como una generalización que abarque todo Shanghai, pero sí a buena parte de ella. Lo que sí es una generalización nada tímida es que el aire es menos contaminado que el de Pekín, lo que invita a patear la calle sin pensar en alergias o sinusitis.

Postal 1: Vale la pena adentrarse un rato en los recovecos de la Plaza del Pueblo. Aprovechando el Museo tan cerca así como el parque, y si la agenda lo permite, es un sitio perfecto para un almuerzo o cena. Con estación de metro propia haciendo cruce en 3 líneas de metro, es imperdible en la visita

Un ejemplo perfecto es la caminería que va desde la West Nanjing Road hacia la East Nanjing Road. La ruta plagada de vitrinas, tiendas y reluctantes avisos de ofertas contempla una parada en el Renmin Square  o People’s Square. En las inmediaciones del Renmin Park, y a un paso del Museo de Arte Contemporáneo de Shanghai, la People’s Square resulta una mancha de verde entre tanto concreto, un stop de la vibra comercial que sacude las calles vecinas.

Da para caminar en medio de subidas y bajadas, entretenerse viendo a los locales jugar cartas, hacer un poco de ejercicio, comer en un restaurante con vista al lago o para retratar la clásica imagen del contraste entre naturaleza y modernidad, ya saben árboles en primer plano, rascacielos interminables emergiendo al fondo como si fueran unos inanimados Godzillas de concreto.

Si sigue en dirección hacia el este a través de la Nanjing Road se abrirá paso a un mundo peatonal hasta desembocar en el Bund, una de las orillas del río Huangpu -responsable de dividir a Shanghai en dos mitades. Una muestra arquitectónica del pasado occidental y del presente vibrante del lugar, así como un aperitivo visual del voraz apetito de construcción que se apoderó de la otra orilla del Huangpu: Pudong. Es justamente allí donde se alza la famosa Torre Perla Oriental, ese edificio que todo mundo tiene en la cabeza como la imagen de Shanghai, la torre de televisión con extravagante diseño que se ha convertido en foto-turista obligatoria para todo el que visita la zona.

Postal 2: La Perla del Oriente se ve desde cualquier rascacielos cercano. Es mucho más apreciable desde una ligera distancia que en su inmediato pie. Varios hoteles se disputan las vistas nocturnas hacia el río. Tomarse algo con la respectiva panorámica también es un highlight del paseo, y vaya que no faltan opciones para esto

En mi modesta opinión es mucho más impresionante el gigantesco elevado peatonal que interconecta las avenidas del lugar y que está justo a unos metros de la Torre. Claro, viniendo de un país donde el peatón es una especie non grata, un trabajo semejante -con escaleras mecánicas incluidas- me resulta más alucinante que la Torre con forma de lápiz atragantado con par de olivas (obvio, no subí).

Quién aún tiene el instinto comprador en piloto automático ignorará la Torre y la pasarela peatonal para brincar directo al Superbrand Mall, el más grande de la ciudad. Si está más en ánimos de tomarse una última postal por el día, seguirá de largo unos metros más para ver la otra cara del Huangpu.

Postal 3: Justo detrás del Superbrand Mall se extiende un bulevar que va a la par del río Huangpu. Excelente para tener una visión desde Pudong y para dejar caer la tarde, sobre todo si -como en mi caso- agradece cualquier lugar abierto que ofrezca aire menos contaminado que el de Pekín. Basta con tomar metro para cruzar de un lado a otro en cuestión de minutos

Statue Square: En el séptimo día

13 May

Una tarde cualquiera de domingo en las cercanías de la Plaza de la Estatua de Hong Kong. Las calles cerradas permiten a las empleadas domésticas adueñarse del asfalto en su día libre

Un viaje a bordo del Star Ferry es recomendación obligada para todos los visitantes de la cosmopolita Hong Kong. Intentando cruzar desde la isla hacia la zona de Kowloon, tomé un tranvía hasta la estación de la Plaza de la Estatua, situada frente al antiguo y demolido muelle del Star Ferry, pero a pocos metros del nuevo puerto. Esta amplia plaza -con apenas una pequeña estatua de un banquero totalmente laqueada en negro- está bordeada por edificios marco de la ciudad como el antiguo City Hall.

Con varias torres financieras en sus alrededores, la plaza tiene tránsito intenso durante la semana, pero los domingos, pocos sitios como éste sirven de forma tan estricta al sentido bíblico del séptimo día, el día de descanso. Cada domingo las calles son cerradas, convirtiendo la zona en un paraíso peatonal que es completamente tomado por las empleadas domésticas, principalmente de origen filipino, para disfrutar de su día libre semanal.

En cada rincón de la Plaza las mujeres intercambian comida, plática y, no dudo, ánimos

Raymond Lo, especialista en Feng shui, dice que la plaza es uno de los dos sitios de la ciudad idílicos para absorber las buenas vibras, cierto o no, lo que definitivamente no falta en el lugar cada domingo son vibras. Coreografías, canciones improvisadas, pequeños picnics armados sobre sábanas y con comida casera, charlas, risas, lectura, música, de todo hay en la plaza y en las calles contiguas. Sorprende la multitud de mujeres. Algunas solas, la mayoría en grupos desperdigados por doquier. Quizás una vista aérea podría hacer la escena en extremo parecida a la geografía de ese país de más de 7 mil pequeñas islas.

Las paradas de autobuses y tranvías ofrecen confortable y gratuito techo para el picnic dominical

En Hong Kong conviven más de 7 millones de personas. Se estima que hay una población de 280 mil empleadas domésticas, de las cuales, en promedio 130 mil provienen de Indonesia y el resto de Filipinas. En su mayoría, mujeres, son introducidas en el mercado laboral de Hong Kong gracias a agencias de contrataciones que descuentan de sus salarios los gastos que consideran correspondientes por el trámite. Tema espinoso debido a las trabas en las condiciones de trabajo y a la reciente exclusión del sector sobre el aumento del salario mínimo.

Poco probable ver un rostro masculino frecuentando la zona durante un domingo. La regla son mujeres, tacones, cabello largo, coqueterías, maquillaje, y hasta espectáculo.

Harajuku girls

29 Abr

El dress code de las Harajuku girls es la indeleble imagen de la calle de la moda de Tokio

Tal vez les suene el nombre por “Harajuku Lovers“, la marca de accesorios y perfumes que Gwen Stefani, la voz y rostro de aquella banda californiana No Doubt, lanzara hace seis años.  Pero lo cierto es que la rubia de estilo versátil y volátil supo ver que, comercialmente hablando, sería un tiro al piso encapsular la imagen distintiva del distrito fashionista de Tokio.

Aunque no falta estilo en las calles de la capital de Japón, una caminata vespertina por Harajuku redimensiona por completo cualquier concepto de moda que tengamos en nuestras estandarizadas cabezas suramericanas. Al bajar de la estación de Metro Omote-sando comenzará a ver la zona de tiendas de la vibrante y colorida Harajuku. Las rutilantes vitrinas de las marcas que sólo de nombre pesan en el mundillo del fashion aclimatan la vista a cuanto transeúnte foráneo incursiona por la región que es conocida overseas como la calle de la moda nipona.

Parte del atractivo son los restaurantes y pequeños cafés esparcidos entre las boutiques y que le imprimen un toque cosmopolita a la zona

Cuando se canse de engullir letras y estampados harto conocidos habrá caminado lo suficiente como para adentrarse en las callejuelas traseras, conocidas por los locales como “Ura-Hara”. Completamente peatonal, toca abrirse paso entre un mar de adolescentes que bombardean visualmente a cuanto turista ávido de colores se presenta por los predios. Las “Harajuku girls”, o las chicas que le dan vida a la zona, le impactarán de tal manera que es probable que termine cantando con la Stefani “Harajuku girls … What’s that you got on? … Vivienne Westwood can’t go wrong“.

La imagen no va sólo en los atuendos. La región es conocida por ser el lienzo de expresión de las tribus locales por lo que continuamente hay espectáculos, grafitis y exhibiciones

Lo que durante la ocupación norteamericana, después de la Segunda Guerra Mundial, fuera un asentamiento residencial para oficiales y sus familias, ahora es un universo de pequeñas boutiques de diseñadores locales que ofrecen propuestas independientes y singulares, tanto como la muchedumbre que frecuenta el distrito. Con cambios considerables y una evolución continua durante la segunda mitad del siglo 20, Harajuku es actualmente un destino turístico sin desperdicio para todo aquél que visita Tokio. En tanto que es una pasarela para los locales que quieren desfilar sus alter egos y reproducir estilos individuales.

Abrirse paso entre decenas de visitantes es parte obligatoria de la experiencia

Aunque siempre es posible devorar looks y performance de fantasía, el verdadero espectáculo transcurre cada domingo cuando confluyen en estas calles las diversas caras de las tribus tokiotas.

Quién se anima y copia el estilacho?

El loquete de colegiala es el más común pero de toda la capital. Lindo, pero todas deberían llevar un letrero que diga "Advertencia: No intentar esto en casa" porque sólo a ellas les queda soberbio

También hay Harajuku Boys, pero la fama internacional está narrada en género femenino

Rápido y furioso

26 Nov

El lado chino del llamado "pase amistoso" o Huu Nghi Quan en vietnamita

El llamado “pase amistoso” es una construcción de unos tres pisos de alto. Una vez atravesada, comienza el proceso de extranjería para abandonar territorio chino y adentrarse en Vietnam. Este cruce es, según el Lonely Planet, el cruce más transitado entre ambos países.

Los trámites de salida transcurren sin mayor novedad y el puente limítrofe debe cruzarse a pie. Sellado el ingreso a Vietnam, toca tomar un transporte para llegar a un puesto de camionetas que tienen a Ha Noi por destino. Sin nada que ver en el poblado de Dong Dang -que da la bienvenida a Vietnam-, inicia el recorrido de 164 kilómetros hasta la capital del país.

La vía es angosta, un canal de ida y otro de vuelta. Pese a la distancia, el camino no se completa en menos de tres horas. Buena parte del trayecto transcurre flanqueado por plantaciones de arroz, interminables, complementadas por las imponentes estampas de búfalos, quiénes se proyectan como manchas marrones en aquellos horizontes verdosos.

En medio de las cosechas se alzan algunos esporádicos edificios de no más de tres o cuatro pisos. Todos angostos, sólo llevan por ventilación los amplios balcones frontales. A los costados no hay ventanas ni puertas. Las antiguas estructuras, con sus decoraciones externas, se va repitiendo hasta llegar a la capital.

El conductor de la camioneta avanza rápido y furioso. Pasa camión tras camión sin el menor desparpajo. Por segundos es posible creer que juega a “gallina” con los automóviles que vienen en sentido contrario. Nunca recorta velocidad, nunca espera, ni siquiera cuando una manada de búfalos toma el asfalto por sorpresa.

Estudiantes en sus bicicletas pedalean en el escaso hombrillo, y aunque para el ojo foráneo parece un asunto de alto riesgo, es obvio que para ellos es una tarde cualquiera en sus vidas. Un atrevido motorizado con dos pasajeros repite, sin éxito, las arriesgadas piruetas del chófer de la camioneta de transporte público. El saldo? un casco despedazado.

Luego de adelantar, cual Mad Max, cuanta cosa con ruedas -o sin ellas- se atravesara en su camino, el chófer -casi pariente de algún conductor de camioneta caraqueño- hará una parada de más de media hora sin explicaciones ni motivos, en medio de la nada. Claro está, que una vez a bordo de su Max 5 personal, volverá a pisar el acelerador hasta el fondo para, nuevamente, zig zaguear sin tregua en aras de dejar atrás a los que durante su receso tuvieron la osadía de adelantarle. Y es que el hombre es el ejemplo de todo lo que no se debe hacer: hablar por teléfono al manejar, avanzar en curva, acelerar en curva, no ceder paso, no esperar, no utilizar luces de cruce, no sobrecargar de personas el vehículo.

En medio de situaciones no aptas para cardíacos y horizontes de verdes infinitos cae la temprana noche. Ha Noi aparece ante mis ojos con un tráfico endemoniado. Más motos que bicicletas, más motos que autos en realidad. La autopista es un enjambre en el que los motorizados predominan de lejos sobre los carros, las bicis y los rickshas.

De entrada recordé nuestra Francisco Fajardo o la ilustra Libertador, pero al quitarme el traje de pasajera y ponerme el de peatona, descubro que cruzar una calle requiere la destreza y la precisión de un acróbata del Cirque du Soleil. No hay forma de contar las motos, ni las que andan, ni las que están estacionadas. Ha Noi tiene unos 4 millones de habitantes, y desde la acera es fácil concluir que todos andan en dos ruedas.

Ya que nunca logro cargar mis videos por problemas técnicos, les dejo una pequeña muestra que encontré colgada en YouTube…