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Durante el verano

11 Ago

La foto no está retocada y ese día no había vientos de lluvia. La contaminación y el aire denso echaron garra de un domingo de verano en Pekín

Quién puede negar que la vida es más dulce en verano? sí, cierto que dos años atrás ni siquiera empleaba el sustantivo porque si algo tenemos claro en Venezuela es que nuestro concepto de estaciones se limita a medio año de lluvias, medio año de sequía, con lo que nuestro único cambio de guardarropa es la inclusión de un paraguas en la época de precipitaciones.

Ahora que convivo con solsticios y comprendo la transformación de los árboles a lo largo del año, aprecio con verdadero entusiasmo que exista el “verano” como temporada en la que podemos salir a la calle con pocas capas de ropa y sin necesidad de correr tras un taxi o hacia cualquier espacio cerrado que nos ofrezca calefacción.

Con la excepción de que amo el sol y sus cancerígenos rayos ultravioletas, mi apreciación no parece diferir mucho del gusto chinés en cuanto a situaciones climáticas. Las calles de Pekín lucen más copadas en primavera y verano que en otoño e invierno.

Dado que temen pigmentar su tez, pertrechados de guantes largos -cual complemento de traje de época-, sombrillas, máscaras ahumadas y cualquier otro accesorio que mantenga su piel blanca y sin exposición al sol los locales no desperdician un domingo de veraneo.

Uno de los parques más visitados de la ciudad es el Chaoyang Park. Cuenta con atracciones mecánicas, canchas para fútbol, baloncesto y tenis, amplias caminerías y decenas de lugares para comer. Su lago es escenario principal durante el verano, así como las piscinas que en otras épocas del año no funcionan.

Fue el primer lugar que visité el año pasado cuando mi termostato interno me avisó que apenas necesitaba un abrigo para salir de casa. Un par de meses después, a mediados de julio, volví a dar una visteada. Para entonces decenas de niños comenzaban a divertirse en inflables que hacían las veces de flotantes, mientras que otros surcaban el lago pedaleando en sus botes.

Escena del Chaoyang Park en el verano de 2010. Cómo lograban que el pez sobreviviera a la pesca? ni idea... pero al final se llevaban su carga de peces

Para los más chiquitines dispusieron una piscina llena de pequeños peces rojos, negros, dorados y blancos – comunes goldfish, sólo que en español varían de nombre dependiendo del lugar. La diversión de los niños, junto a sus padres, era pescar a estos animales usando unas cañas mínimas.

Este año regresé al Chaoyang. Para mala fortuna, el día era gris, denso y contaminado, tanto que siendo verano, el parque escaseaba de merodeadores. Sin embargo los juegos mecánicos, las piscinas y las bicicletas funcionaban a toda máquina.

Los niños y sus padres se distraían pedaleando, maniobrando cometas, jugando con inflables y atrapando peces en redes. Sí, este verano la singular atracción fue mejorada y ahora los chicos podían entrar a la piscina a perseguir a los estresados peces que hacían cuanto podían para escapar de las redes. Supongo que estos goldfish podrían tendrían divergencias acerca de lo dulce que puede ser la vida en verano.

Con todo iban los pequeños tras los peces y felices los depositaban, cuales trofeos, en sus cestas plásticas fuera de la piscina

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Una mañana en Tsukiji

4 Ago

Imagen común a lo largo del mercado. Tripas y sangre están a la orden del día, pero todo permanece tan impecable que, en realidad, uno nunca termina viéndolas

En francés. Ni inglés, ni español. Fue en francés que un vendedor de pescados intentó responder alguna pregunta mientras yo curioseaba por vez primera en el Mercado de peces de Tsukiji en Tokio. Conversó sobre la poca incidencia que habían tenido en la actividad de este enorme centro de ventas el terremoto, tsunami y el consecuente accidente nuclear que amenazó con contaminar parte de la costa norte japonesa.

El mercado de Tsukiji está entre la lista de los más grandes del mundo en su género. Desde allí cada mañana se despachan dos mil toneladas de productos del mar. Es accesible por metro, y una vez en la estación de Tsukiji -en la línea gris o Hibiya- sólo hace falta seguir el olor a pez y los carteles de sushi para llegar a él.

Funciona desde hace 76 años, y quien sabe como se volvió una atracción turística, pero lo cierto es que lo es. Decenas de foráneos incluyen el lugar entre su itinerario de visitas en Tokio al punto que los operarios del mercado prohibieron recorrer sus entrañas antes de las 9 de la mañana para evitar interferencias con el agitado movimiento de recibo, preparación y despacho. Ciertamente es en esas primeras horas cuándo realmente ocurre todo un circuito de actividades digno de asistir.

Entre las principales convocatorias tácitas de Tsukiji está la, ya famosa, subasta de atunes. No es un pez cualquiera, los especímenes llegan hasta los 300 kilos. Ver uno de estos gigantes distribuido en partes en los congeladores es imagen común en el mercado, pero la subasta es tan peculiar que, en la práctica, exige otra subasta implícita para poder estar entre los 120 afortunados que son recibidos día a día para observar el proceso con ojos de turista.

Los atunes listos para la subasta. Sólo 120 personas por día pueden entrar al lugar y observar desde un área segura como se decide el futuro de estos enormes pescados (Foto tomada de http://www.japan-guide.com)

Sólo apuestan compradores registrados y los visitantes deben permanecer en un área establecida para su banal propósito. Por temporadas esta incómoda presencia ha sido vetada en aras de facilitar las cosas a quienes están allí por deber y no por placer. Luego del terremoto de este año, un cartel permanece en la entrada del mercado: La subasta de atún está prohibida para visitantes, quiénes además, de preferencia, deben abstenerse de visitar el mercado.

Tras el terremoto, la recomendación fue de no asistir al mercado con fines turísticos y se prohibió la visita a la conocida subasta de atún que se hace cada mañana en el lugar

En efecto, al pulular por los estrechos pasillos de la parte interior del Tsukiji Market notará que los ojos de trabajadores y empleados no miran con beneplácito. Comprensible, después de todo, siendo un mercado, nadie quiere turistas sino compradores. Las miradas no pasan de inofensivas, contrario a los carritos que transportan de un recoveco a otro las cajas de anime contentivas de alimento. No avisan, no cornetean, no paran. Si no voltea a los lados puede ocasionar una real intrusión en la vida de estos conductores que, a las prisas, cumplen sus urgentes envíos. Recuerden que se trata de pescado señores, todo debe ser rápido.

La actividad en el lugar comienza a las 3 de la mañana. La vida de la pesca es tempranera, por lo que a las 11 de la mañana no quedará mucho para ver, excepto decenas de operarios limpiando vitrinas, cajas y utensilios. El olor a pez -cuasi embriagante para quiénes ya moraron en las cercanías de un puerto- parece un aromatizante, reforzado por el sonido de las gaviotas, en medio de tanta organización y limpieza. Puede impresionar la rapidez con que todo es depositado en cajas de anime y nada cae ni está ubicado en lugares impropios. Puede impresionar, repito, porque estamos hablando de un lugar donde el fuerte son productos del mar y muertos.

Los carros, como ese verde al fondo, rondan todos los pasillos rápidos y furiosos. Distribuyen las cargas entre los vendedores y despachadores. Es preciso estar atento durante el recorrido para no irrumpir en su camino

En la parte externa del mercado, donde los turistas son más invitados a pasear, puede hacerse con utensilios para cocina, botas de caucho o platos, vasos y tazones de cerámica con motivos diferentes, así como la platillera básica para servir una buena cena de sushi en casa, si tiene al chef, claro. Si no, lo mejor es sentarse a almorzar en alguno de los disputados pequeños y tradicionales restaurantes instalados en medio de esta zona del mercado.

Si necesitaba un cepillo para escamas, llegó al lugar adecuado, si no, pasear por la parte externa del mercado no le vendrá mal

Por razones obvias, ofrecen el pescado más fresco todos los días, y si tiene debilidad -como yo- por todo lo que sale del mar, le será difícil decidir entre las variedades que ofrecen entre sushi y sashimi. Sentarse en la barra y observar la preparación ya vale el dinero, que no es poco. La comida en Tsukiji no decepciona, el ambiente menos.

Sushi dai está en la vía que sigue desde la entrada cercana al metro, en línea recta, hacia el mercado interno. Un set de sushi puede rondar los 30 dólares pero la experiencia de verlo en preparación es, apenas, un aperitivo para la delicia que resulta el almuerzo (Foto tomada de http://www.ededition.com)

Cuando crees que no se puede poner peor…

7 Ago

Una vendedora teje pacientemente, rodeada de anguilas y tortugas en el mercado popular de Xidawang Lu

El concepto del café en la Beijing que voy conociendo no es sólo el de un producto de lujo. En Venezuela podrá estar dentro de la cesta básica de alimentos, pero aquí un marrón grande cuesta unos 35 bolívares fuertes, ya es caro, sin contar que en algunos sitios se puede almorzar por la mitad de ese precio.

También está mayormente concebido como algo de gran tamaño: grande es realmente grande. Si bien el expreso no falta en un menú, cuando de comprar tazas se trata, lo común es encontrarlas en dimensiones más parecidas a la de Nescafé de Plaza Venezuela.

A la caza de unas pequeñas tazas que sirvieran para tomar un negrito corto en la comodidad del hogar, fui a un mercado popular que me recomendaron y que funciona a cuatro cuadras de casa.

Un sinfín de tiendas al aire libre ofrece ropa, flores, vajillas, ollas, productos para la casa, alimentos para mascotas y, también, mascotas.

Ardillas estresadas dan vueltas frenéticamente en una jaula que no supera los 40 centímetros cuadrados, mientras que los vecinos del piso de abajo son un par de gatos que parecen inmunes a las altas temperaturas del verano chino.

Al lado, una decena de bandejas blancas, que hacen las veces de peceras, albergan una amplia gama de tortugas, anguilas, peces de cualquier tamaño y demás fauna acuática.

Las tortugas son frecuentemente elegidas para adornar los acuarios chinos

Los recipientes son tan estrechos que los animalitos brincan entre uno y otro, y algún infortunado cae en el asfalto caliente sin que el vendedor note el inútil intento de fuga.

Mientras pienso en la efímera y lastimera vida de estos chiquillos, entro al galpón techado del mercado. Sendos pasillos llenos de vidrieras se abren ante mis ojos, e inmediatamente recuerdo aquello de que cuando crees que algo no puede ponerse peor, se pone peor: Sí, estoy en la pescadería.

Decenas de peceras albergan toda clase de productos del mar para la venta

No cuesta mucho entender que los de afuera son privilegiados en comparación con estos, que de seguro deben implorar una muerte rápida. Aquí las anguilas también intentan fugarse, pero ¿quién va a notar que una entre 200 trata de huir?

Las tortugas no están simplemente tiradas como afuera, aquí son más prácticos, están atrapadas en unas redes. Los cangrejos, de todos tamaños y colores, tienen sus tenazas debidamente amarradas, a la espera –uno sobre el otro- de su comensal. Igual suerte corren las langostas.

La variedad contempla hasta langostas australianas

Los camarones y demás especies de menor tamaño permanecen amontonados, vivos, junto a peces que sobreviven en aguas turbias. Algunos, agonizantes, dan sus últimas bocanadas en el suelo, supongo que están contentos de finalmente cumplir el objetivo de su vida: Morir, aunque no en paz.

De compras en el supermercado

4 Ago

Aquí un ejemplar de la especie predilecta para sopas. Al tener el caparazón blando, todo su cuerpo es comestible

A mí nunca me gustó hacer mercado, me parece de las más aburridas tareas de la vida adulta. Sin embargo, la primera vez de compras en el supermercado en China resultó de todo, menos aburrida.

Al frente de casa hay un mercado pequeño y surtido con productos extranjeros, pero está dentro de uno de los centros comerciales más costosos que haya visto y un paraguas común y silvestre puede costar hasta 700 Bs., de los disque fuertes.

Con esto presente, el Walmart es la opción más atractiva. A tres cuadras de mi nueva residencia, la tienda por departamentos es un galpón inmenso, sólo la sección de golosinas es más grande que el Gama Express de San Bernardino donde solía hacer mis compras en Caracas.

Yo nunca pensé que podría extrañar la imprevisible escasez de alimentos de la Venezuela bolivariana, pero que difícil resulta comprar harina de trigo cuando hay unas 10 marcas con sus diversas presentaciones.

Ya se imaginarán la cantidad de arroz que hay, y ni hablar de los noodles, que son una suerte de espaguetis parecidos a los que utilizamos para la sopa de fideos. Acá es una comida muy pero muy popular, así que hay de todos tamaños y colores.

Es fácil conseguir leche, francesa, y a unos 20 bolívares el litro.  Mostaza y Ketchup también, pero la mayonesa como que no es tan solicitada: la única marca que consigo es Kewpie y la presentación es realmente asustadora… pero bueno, dice “mayonnaise” justo encima de un bebé gigante y con cresta.

En la sección de detergentes la cosa no es tan difícil: Hay Ariel, Soflán, Downy y otras marcas importadas, caras, pero importadas. Pronto descubro que llegó el momento de olvidarme de Always, la marca de toallas sanitarias que usé por 18 años: aquí el paquete cuesta unos 190 bolívares, de los fuertes, siendo impensable elijo, atendiendo a los muñequitos, una de las más de 20 opciones chinas en el área.

La carnicería es toda una particularidad. Llena de un sinfín de pedazos de carne de no sé cual animal, se vuelve un misterio desentrañable. Me decido por un tiro al piso: Pollo. Aunque el vendedor no entiende de “chicken”, con una aleteada bastó para que, tras una risa, señalara una estantería llena de bandejitas con el preciado pajarraco.

Para los seguidores del pato, es posible llevarlo a casa hasta cocinadito pues lo venden con todo y cabecita horneada en una bolsa donde el animalito sale hasta sonriendo. Yo, por supuesto, ni me le acerco.

No sé si venden carne de perro, pero ladrándole a una vendedora mantengo la esperanza de que me diga donde conseguir la comida de Bubú, y no a Bubú como comida. Estoy de suerte, siguiendo las señas llego al mundo Pedigree y Dog Chow. Los paquetes de perrarina y demás productos caninos están en la misma estantería usada para los artículos para parrilla, será lo mismo? perro y parrilla?

Sin reflexionar mucho sobre el tema topo con la pescadería, que en realidad parece un acuario venido a menos. Yo crecí en Maracaibo, donde no es aconsejable comprar pescado porque, o viene del Lago putrefacto, o es traído de más lejos, es decir, no está fresco. Acá la frescura no parece ser un problema. Camarones, cangrejos, langostas, unas serpientes que parecen mini anguilas y peces de buen tamaño están vivitos y coleando –literalmente- a la espera de su feliz comprador en las peceras del supermercado.

Lo que no sé es si frescura en este caso es sinónimo de saludable, puesto que algunos mueren o agonizan ante la mirada impávida de los vendedores, y permanecen allí, junto a los vivos sin mayores aspavientos.

Como si esto no fuera suficiente espectáculo, llego a la pecera de las tortugas. Sí, tortugas: a 99,50 bolívares de los fuertes el kilo. Según el intérprete debería comprar al menos una para una sopita porque están “muuuuuuy baratas”.

Son tortugas de caparazón blandas, “Pelodiscus sinensis”. Un sujeto las mira y como si de tomates se tratara, escoge su cena. El vendedor hasta juega un poco con la elegida para sacrificio, la toma para pesarla, la máquina emite la calcomanía con su precio, van al mostrador y zas! pone fin a su vida con un golpe certero.

Asimilando que es mejor cambiar la cara de horror continúo mi camino en busca de unas verduras. En la espera para pesar los tres tomates y la manito de cambures, veo el mini vivero. Algunas flores y bambúes comparten exhibición con unos pequeños pececitos y reptiles para acuario. Los infortunados están distribuidos a razón de uno por frasquito: tortugas, bailarinas, gupis y lagartijas no sólo vienen en esta asfixiante presentación, también se encuentran dentro de esferas transparentes que hacen las veces de llavero. Me dio terror pensar en la primera vez que al comprador se le caigan las llaves, por lo que retiré mis uvitas importadas de Chile y demás enseres y a la caja.

Aquí el proceso parece normal, sólo que no entiendo porque todo mundo me mira extraño al empacar cada cosa por separado en las bolsas de mercado. Cuando me facturan comprendo, cada bolsa se vende por separado, la mayoría de los clientes siempre carga un saco de tela, de papel o en su defecto el carrito que, por supuesto, yo también corrí a comprar.